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viernes, 28 de abril de 2023

MEDITACIÓN 2.0

 


“Pasamos gran parte de nuestra vida buscando la felicidad sin ver que el mundo de nuestro alrededor está lleno a rebosar de maravillas. ( ) Si logras estar aquí, en el presente, si logras ser libre, serás feliz en ese mismo instante. No necesitas nada para serlo” (“Silencio”, Thich Nhat Hanh.)

Hoy ha sido un día en el que me he levantado al amanecer para disfrutar de la mañana como hacen los trabajadores, pero consciente de los aromas de la acacias y las melias en flor. Sin tiempo de reloj que me apretase el alma.

 En el vagón subterráneo que me llevaba al Retiro he comprobado, una vez más, como el 90% de mis congéneres iban con la cabeza gacha sobre su Smartphone. Una pequeña manada de sapiens en completo silencio alimentando al Big Data, en pleno ejercicio de su libre albedrío individual (y yo dando la nota con un libro de papel).

En la salida de la Estación del Arte (Atocha, anteriormente) observo a la empleada de Metro que ha salido a tomarse un respiro en forma de cigarrillo y al vigilante de seguridad que la acompaña en su soledad. Ambos observan el “estiércol” humano que alguien ha dejado, a manera de abono en la escalera, casi en la puerta del Ministerio de Agricultura. Me imagino que no ha sido una protesta simbólica sino más bien algún sapiens que ha tenido la misma necesidad fisiológica que cualquier paloma o perrito, pero que por ser humano no está bien visto que la satisfaga como cualquier otro animal. Además esta no era de las que se podía meter en una bolsita. Me imagino que habrán dado parte al correspondiente departamento para que al final tenga que “comerse el marrón” el personal de limpieza (siempre tan necesario, en una sociedad tan sucia como esta).

Hemos sido capaces de domesticar el agua para que salga por nuestros grifos (de momento), la energía eléctrica brota en nuestros hogares, incluso surcamos mares y cielos con nuestras latas autopropulsadas. Pero no hemos sido capaces de dominar nuestro ancestral inconsciente biológico que constantemente nos provoca chispas entre el deber y el deseo. Somos animales y racionales (unos más que otros). Yo mismo siento un qué sé yo animal cuando veo a mis congéneres del otro género (¿tendré la sangre alterada?).

Es primavera y la invisible belleza de la polinización desde los erectos estambres a los receptivos pistilos nos pasa desapercibida.  Los atareados humanos que paseamos, apenas oímos el canto alegre de los verdecillos y jilgueros encelados, aturdidos como vamos con nuestros ruidos (mentales o de auriculares).

Después de una “dura” jornada cargada de tareas domésticas (hacer la cama, poner la lavadora, preparar una ensalada, ir otra vez a la compra, recoger la ropa tendida, . . ) y un paseo por el Retiro, me dispongo a meditar un rato.

La meditación es un entrenamiento de la mente para poder ser conscientes de nuestra realidad, bastante diferente a la que nuestro ego nos hace percibir. Dice la neurociencia y la psicología que necesitamos apaciguar el cerebro del continuo torrente de pensamientos y emociones que le inundan, y que cuando no tenemos media hora al día para meditar es porque es probable que necesitemos dos horas (yo, de momento, me pongo casi todos los días más de media hora).

Me busco un lugar tranquilo y me preparo para un baño de quietud y silencio. Procuro encontrar una postura corporal “digna” sin dislocarme las rodillas y sin que se me “duerman” los testículos haciendo el loto (que luego parece que tengo “hormiguitas” dando vueltas por la zona).

Ya aposentado, dirijo mi atención al aire que entra y sale por mi nariz, llenando y vaciando mis pulmones, al tiempo que estiro mi espalda y trato de desconectar del continuo pensar de mi masa encefálica (gasto una talla 61 de sombrero). En ese momento comienza el “telediario” corporal y mental. A través del internet neuronal me llegan noticias de los lejanos pies cansados y doloridos de tanto aguantarme. Rápidamente se suman  a la queja mi rodilla izquierda, la zona lumbar  y algunas vértebras cervicales. Intento aplacar la manifestación estirándome. Después de una negociación, termino por aceptar sus justas reivindicaciones, prometo escucharlas y cuidarlas más a menudo.

Parece que el acuerdo apacigua las exaltadas emociones. Inspiro (4”), retengo el aire (8”), expiro (12”) y siento como la ausencia de aliento me anuncia la muerte, hasta que vuelvo a inspirar (con más ganas). Recordando que tengo que inhalar y exhalar suavemente para que no se altere mi emocional amígdala, lo confunda con agitación corporal y pueda desencadenar una reacción del sistema simpático (esto de respirar tiene su técnica, cuando no estamos en automático).

Por unos instantes parece que mi mente está callada. Pero no. Como una interminable serie de neflix, empiezan a surgir capítulos de mi vida (pasada, presente y futura). Que si me he gastado mucho en consumir cosas que a lo mejor no eran necesarias, que si los bancos no tienen obligación de tener más que el 1% del capital líquido, que si no me quieren como yo quiero que me quieran, que si los políticos profesionales siguen vendiéndonos su producto, que si la biosfera se va a tomar por culo y nosotros con ella, que si la vecina de al lado tiene más atención a la tele que al perrito que quiere que le saquen a lo suyo, que si estaban más sanos los cazadores recolectores del paleolítico que los fofisanos del siglo XXI, que si .  . . ..

 ¡¡Silencio, coño!!, grita mi neurocortex a la agitadora amígdaliana y al reptiliano hipotálamo. Pero ni puñetero caso. No me queda más remedio que aplicar a rajatabla la máxima del gran gurú Chu Ching  Rimponché: “chucho, chucho, que no te escucho”. Me pongo a hacer ruiditos (mantras lo llaman los entendidos), para dirigir mi atención a la vibración sonora que genero y no  al chicharreo perpetuo de mi ego.

 Al principio funciona, luego se establece una encarnizada batalla entre mis inconscientes “discursos” y mis conscientes respiraciones. Es lo que tiene ser un paradójico sapiens. Lo bueno es que cuando consigo poner la atención solo en la respiración se produce un espacio lleno de silencio, y qué cuanto más practico más fácil me resulta encontrar esos momentos en mi vida cotidiana (tres respiraciones conscientes y mi mundo cambia).

La moderna cultura del entretenimiento en la que vivo no facilita el saber que soy energía vibrante en el Universo. Me creo que soy el personaje que he creado a lo largo de mi vida. Que soy lo que tengo: cuerpo, experiencias, conocimientos, propiedades, títulos, creencias, .  . .Si por un casual se me ocurriese ir por ahí diciendo que somos como una célula con patas con nuestra membrana neuronal, rellena de líquidos y órganos, a la que la vida le ha permitido evolucionar hasta crear un inteligencia artificial que guie nuestra existencia, me mirarían raro y podrían dar parte a la inquisición del siglo XXI, la Santa Normalidad.

Cuando de tiempo  dispongo, me impaciento si no estoy entretenido con algo. Parece que tengo la necesidad de sumar los placeres que constantemente me ofrece el estado del bienestar. Es como una persistente envidia por tener lo que no tengo (como ese perrito bonito que siempre pone “ojitos” para que le den algo).

Cuando esto escribo, soy consciente de mi ignorancia, de mis prejuicios y de mi estupidez ilustrada, que me impiden mantener la necesaria y serena ecuanimidad. Mi ánimo siempre parece estar dispuesto a descarrilarse con unas palabras o actividades incorrectas. Soy un fiel reflejo de la civilización en la que me he desarrollado.

Sujeto durante una época al tiempo autoritario que me exigía logros sociales para ser valorado, me cuesta revelarme contra la cómoda indisciplina en la que vivo, repleta de bajas pasiones (por ser bastante animal, como ya he comentado). Luego, no tengo compasión en soltarle la “chapa” a los demás en lugar de aplicarme el cuento que predico.

Al observarme en mi queja continua porque el mundo no es como yo quiero, me doy cuenta de lo afortunado que soy al disponer de todo lo necesario para ser feliz y doy gracias por ello. Pero el deseo interminable suele empujarme a seguir sumando, dificultándome la dicha plena de no necesitar nada más.

La meditación, y la actitud meditativa en la vida cotidiana, me ayudan a filtrar el rechazo a lo diferente, que suele ser complementario, como la vida y la muerte (no siempre mi verdad es la verdad). Persisto diariamente en la búsqueda de ese oasis reflexivo que me permite seguir nomadeando por la árida historia del bicho humano en este planeta que nos dio la vida y al que despreciamos desde nuestra soberbia tecnológica y nuestro egocentrismo patológico.

Continúo entrenándome en la práctica de ser consciente de los trajines de mi mente condicionada, y trato de llevar mi atención donde necesito, para lograr un mayor grado de bienestar desde la simple contemplación del momento presente sin la perenne bruma de pensamientos, juicios o emociones. A veces, después de un buen rato, consigo unos minutos de silencio mental (¡guau!).

Que nadie piense que el camino está hecho por lograr un día acallar la sinapsis neuronal y lograr un vislumbre de paz interior, sino que, poco a poco, hay que ir desbrozando la vereda de cardos y hierbajos mediante el continuo tránsito cotidiano de la práctica serena. Pero, como cuando subo una montaña, cada vez tengo más perspectiva y una profunda satisfacción por los pequeños logros conseguidos. La paciencia es la madre de la ciencia, decía mi madre.

Si no das el primer paso es imposible que recorras el camino.

 

 

viernes, 17 de marzo de 2023

Salvajemente civilizado.

 

Iba yo a tender la ropa made in Bangladesh en el tendedero del “patio de luces” (lugar sombrío entre los bloques de pisos), cuando vi a una joven paloma doméstica (de la estirpe de las bravías) aposentada en el alféizar de mi ventana. Lejos de asustarse se me quedó mirando, como si ella tuviese el mismo derecho que yo a estar allí. Tuve que ponerme en modo sapiens para demostrarle que estaba equivocada, y amenazarla con un palo. Ya había creado un nido con ramas, hojas y trozos de papel. Una construcción ilegal que me me vi obligado a demoler para mantener el orden y el estatus biológico que tantos siglos le ha costado alcanzar a nuestra especie.


Concluida la faena volví a la pantalla televisiva para ocupar mi mente en las desgracias de lejanas guerras, fantasías de viajes en ecológicos coches (y otras maravillas del consumo) y concursos “culturales”, además del chismorreo politiquero. Al rato volví a escuchar un aleteo tras los cristales. Ahí estaba la reincidente palomita con su tierna mirada de ojos negros atravesando mis gafas. Otra vez me vi obligado a hacer uso de la fuerza. Pero en esta ocasión no había un nido bajo su plumífero vientre, sino un pequeño huevo blanco fruto de la concupiscencia con el palomo, que le había prometido un cobijo seguro y la crianza conjunta de los polluelos, sin contar con los propietarios del inmueble (los machos siempre igual, con tal de transmitir su ADN prometen y prometen). 

 

¿Qué hacer con aquel encapsulado proyecto de paloma? “Tíralo a la basura” me dijo mi esposa. Pero a mí eso me parecía una falta de respeto a la Naturaleza. Pensé en entregárselo al Administrador, que tan generosamente pagamos para tener una autoridad que evite los enfrentamientos asamblearios entre vecinos y vecinas, a ver si así tomaba conciencia del problema (que lleva años ignorando).

Mi conciencia personal entró en una espiral de contradicciones. Acostumbrado a comerme los huevos que anidan en cartón sobre las baldas de las estanterías del supermercado, sin el más mínimo reparo, este incidente me hizo pensar en todas esas madres con plumas que viven prisioneras en las macrogranjas industriales, permitiendo a la clase obrera comer el más emblemático plato nacional: la tortilla de patata (con o sin cebolla, dependiendo si eres de izquierdas o de derechas). Algo parecido me pasa cuando como chuletillas de lechal en un restaurante de pueblo y luego, paseando para bajar la comida, veo a las ovejas amamantando a sus crías. Menos mal que mi ego tiene un master en inconsciencia y enseguida me hace pensar en algo bonito y positivo (el próximo viaje a alguna parte o lo bien que huele el campo aunque le falten árboles).

 

Tenía que tomar una decisión con el huevín. O seguía los dictados de la normalidad y lo arrojaba en el cubo de los desechos orgánicos (¿no?), o se lo devolvía a la parejita de columbas livias que me miraban desde dos pisos más arriba (con pocas probabilidades de que lo aceptasen una vez sobado), o se lo tiraba al vecino bronca que vociferaba junto al portal (simulando un accidente natural), o lo adoptaba como proyecto de mascota. Nada me convencía.

 

Al final tomé una medida salvajemente civilizada y lo freí en la sartén. Ahora siento un irrefrenable deseo de cortejar a “mi palomita”, y no puedo de dejar de dar vueltas a su alrededor haciendo unos extraños ruiditos guturales con la voz quebrada. “La vida se abre camino de muchas maneras”, susurran los millones de bacterias de mi intestino a los miles de neuronas de mi cerebro, ese internet biológico al que apenas prestamos atención.

martes, 29 de noviembre de 2022

Pláticas espinosas.

 

En los regatos formados por las últimas lluvias caídas en el Parque Lineal, veo como son arrastradas las amarronadas hojas desprendidas de papá árbol. Junto a los minerales en disolución, transporta el agua los espíritus atormentados de las pláticas espinosas que han de regar las raíces de la ira, el desasosiego, la vergüenza o el miedo; esos resecos cardos que amenazan las canillas en nuestro andar por las veredas de la vida.

Lejos del dulce aroma de los nísperos en flor y los efluvios de la tierra mojada, lejos de la alegría de las hierbas y el canto de los estorninos, colirrojos y cotorras; se nos olvida el sentido del humor en el entendimiento de nuestras desbordadas emociones y circunstancias, y así sacamos a pasear a ese perro ladrador, que es nuestro egocentrismo guerrero, dispuesto para la batalla (hasta la muerte, si el honor así lo demanda). Reflexionar el uso consciente de las palabras requiere de la razón serena y no de la excitación alterada. 

 

La convivencia entre las especies es compleja, con los de la misma especie es difícil, y con nosotros mismos algo extraño (incluso en Navidad). En cualquier momento puede romperse la bella cerámica de la armonía y estallar en pequeñas lascas afiladas capaces de cortarnos el alma (o el ánimo). Por este motivo tratamos de evitar esos enfrentamientos con nuestros padres, nuestra pareja, nuestros, hijos, nuestros amigos, compañeros, vecinos, familiares. . . y con nuestro ego. Es triste ver como personas allegadas se convierten en enemigos a los que derrotar y humillar, con provocaciones, insinuaciones, subidas de tono, hasta llegar al insulto y a la violencia (o cómo podemos llegar a ser nuestro peor enemigo). Cuidar el diálogo externo e interno es un bonito ejercicio que nos puede reportar muchos momentos de felicidad.


Nadie quiere ser ensartado por la energía del rayo cuando se desata la tormenta de las palabras encendidas, ni aturdido por los truenos de la inconsciencia. Pero al final llueve y nos mojamos (o somos bombardeados por el “fuego amigo”, que dirían otros). No alcanzamos a comprender que el daño que hacemos a otros nos lo hacemos a nosotros mismos puesto que, de alguna manera, todos estamos interrelacionados en este universo.

 

Viendo a las estoicas cigüeñas haciendo equilibrios sobre las antenas cuando el ciclón se ha desatado, soy consciente de mis carencias para reconducir las turbulencias emocionales al calmado puerto de la conciencia en el olimpo de la serenidad. Nos creemos semidioses sapiens sapiens, por no querer vernos nuestras vulnerabilidades (unos más que otros), y en cuanto algo perturba nuestra excelsa comodidad comenzamos a soltar zurriagazos a diestra y siniestra a nuestros semejantes, con nuestras creencias, prejuicios y sentimientos, para sacudirnos con palabras poco ecuánimes, las dudas sobre nuestras verdades, olvidando que el objetivo de la comunicación libre es escuchar y ser escuchado, no vencer al contrario. Las diferencias nos enriquecen, las verdades estancadas nos pudren, pero nuestro pequeño ser necesita reafirmarse para seguir existiendo.

 

De todo lo anterior se deduce la importancia del duro entrenamiento personal y privado en el difícil arte del soliloquio, que nos prepara para los intensos encuentros y las pláticas espinosas, tan frecuentes en estas fechas (repletas de cuñaoos y sabelotodo 3.0). Con paciencia, disciplina, conocimiento y generosidad podemos convertir nuestros actos en formas de agradecimiento a la vida, y ahorrarnos mucho sufrimiento.

Y ahora, a ver como soy capaz de explicarle a mi señora esposa, sin herir sus sentimientos de Master Chef, que los frijoles con chorizo y bacón no es lo que necesito para adelgazar, independientemente de que yo pueda ser un monstruo de las galletas. De momento, desde el pozo sin fondo de mi ego, voy eludiendo mis irresponsabilidades para endosárselas a otros (como un auténtico Carpanta del siglo XXI). 

 

Se nota que una cosa es predicar y otra aplicarse el cuento. En fin, es lo que hay.

 

viernes, 24 de junio de 2022

“Golden otoño”

 










Andaba yo con mis ansiedades vitales (covid, guerras, crisis económica y ecológica, final de la temporada de fútbol, próximo viaje. .), cuando mi señora esposa me propone salir a pasear. Qué bueno, pienso yo, por aquello de desconectar de mi melancólica personalidad, que el espejito mágico refleja cuando hago malabares con las cuchillas de afeitar tratando de mantener joven mi espíritu en un rostro cada vez más salpicado de arruguitas y verruguitas.

Nos equipamos con nuestras bolsitas, nuestros smartphones y nuestros eurillos y salimos a la aventura de la calle.

En el descansillo de la escalera nos encontramos con la hija de nuestra vecina que ha venido  a hacer la 2ª visita diaria a su solitaria madre. Andamos tod@s con necesidad de comunicarnos, así que aprovechamos la coincidencia para ponernos al día (salud, familia, trabajo, ..), mientras atravesamos el barrio camino de la carnicería árabe donde venden dátiles argelinos (de momento, que lo del Sahara puede dejarnos sin gas y sin dátiles). 


Una vez más vuelvo a comprobar lo que el psiquiatra Luis Rojas Marcos plasma en su libro “Somos lo que hablamos”, que las mujeres viven más, en parte, porque hablan mucho más (unas 10.000 palabras al día más que los hombres). Por lo visto las neuronas responsables del lenguaje ayudan a relajar el corazón y bajar la hipertensión, ayudando en eso de la longevidad (y yo convencido de que el silencio era una virtud). Durante el paseo observo como mis palabras son una tímida minoría, que además no parecen tener mucho interés (¿a quién puede interesarle una pedantería sobre la psicología de la sociedad contemporánea, pudiendo hablar de compras?).


En la esquina de la avenida de Palomeras con la de Buenos Aires nos separamos, entre el aliento de los motores de combustión y las recomendaciones sobre el nuevo bazar chino que han abierto y que tiene un montón de “cositas bonitas para el hogar”. Recolectados los dátiles magrebíes y ponemos rumbo (sin necesidad de GPS) hacia el paraíso “low cost” llamado “Golden otoño”.

En mi otoño dorado (de jubilado con pensión) ya estoy un poco aburrido de hacer “espeleología” por los pasillos repletos de estanterías atiborradas de mercancías y me quedo esperando en la puerta del bazar cual perrillo faldero, esquivando las gotas del riego que caen sobre la transitada acera desde el balcón del 3º piso, lleno de macetas. 


Como hormiguitas recolectoras, entran y salen jóvenes y mayores, hombres y mujeres de todas las etnias y culturas, abonando a una muchacha china, en efectivo o digital, la lejía, el pintalabios, las cartulinas, el bolso, las bombillas, los alicates o cualquier cosa que uno se pueda imaginar. La República Popular China, a través del Partido Comunista Chino y el capitalismo más salvaje, no solo ha logrado dar de comer a la cuarta parte de la población del planeta, convirtiendo el imperio chino en la mayor fábrica mundial de cosas, sino que aspira a ser la potencia hegemónica del supermercado global. Si Lao Tse levantase la cabeza, . . . volvería a perderse por las montañas. Pero a nosotros los chinitos nos hacen gracia.

Cual naturalista urbanita me dedico a observar los contrastes entre las adolescentes embutidas en sus pantaloncillos cortos, marcando molleja, y alguna señora árabe (me imagino), tapada por el negro textil, que apenas puede ver el mundo exterior por una rendija. Pide un niño un capricho que le haga sentirse querido, y tiene el padre sin trabajo que rascarse el bolsillo y comprarle unos cromos ensobrados. Una jubilada arrejuntada se siente de repente poseída por el deseo de comprarse una pocholada, y su amante jubilado la acompaña un tanto desganado. Por fin sale mi seño con dos cartulinas y unos enormes marcos para los fotomontajes que ha realizado.


Esa misma libertad de mercado hace que un poco más allá se apelotonen una decena de mujeres (como piojos en costura que diría mi madre), dentro de un pequeño local de manicura, donde unas se ponen guapas las uñas y otras se “ponen” de vapores de esmalte por un salario de subsistencia (si acaso). Cruzando la acera, junto al único cajero automático que han dejado en la zona, las terracitas de los bares se llenan de refrescos y raciones de caracolillos, bravas y chopitos, cuyos aromas de fritanga se mezclan con el de las especias del pequeño comercio bengalí de otra carnicería “Halal”. Es la “libertad a la madrileña”, que diría alguna.

Cae la tarde y todavía hay niños y niñas que juegan en la calle y en las zonas verdes (parques) que tenemos la suerte de tener, compartiendo espacio con la abundante fauna canina que ha proliferado en los últimos años. Y sobre nuestras cabezas, a gran altura y velocidad los grititos de los vencejos en su eterno nomadeo, ajenos a nuestras ansiedades e ilusiones, siempre de acá para allá.

Yo sigo con mi rol de marido sherpa cargando con la bolsa, tratando de que mi domesticado ánimo no se me desborde demasiado.


Cuando esto escribo, mi calle y aledaños están inundados por la atronadora mezcla de flamenco-rap-reguetón con toques árabes, todo fundido en un chunda chunda que ahoga el anaranjado atardecer salpicado de celestes, y hace que mirlos, carboneros y urracas de vayan a cantar a otros lugares.

La generosidad musical, que mana de los bafles del coche mal aparcado, empieza a irritar a la mayoría del vecindario que tiene que madrugar, a los niños pequeños que tienen que descansar y a quienes quieren ver la tv sin más. Se agradecen los silencios que produce el “diyei” de pacotilla, cuando cambia de canción. La ebriedad del ruido se une a otras, en la danza mental que anima a los jóvenes rebeldes del arrabal, sin causa y sin futuro. Dentro de poco serán los organismos públicos quienes organicen las abundantes jolgorios y conciertos para que podamos socializarnos en las tradicionales fiestas de la Virgen del Carmen, patrona de Vallecas. Somos como “homo da feira”, pero sin cachelos ni pimentón.


“Yo soy libre como el aire y a mí no me manda naide”, dice la rumbita (a un volumen brutal), a quienes se empeñan en ver “Master Chef”, dormir o meditar. “Quiero vivir, quiero volar contigo y ser dueño de mi destino” ¡Ole!. Otra birra y otro porrito, mientras sus mamás o esposas preparan la cena en el hogar, dulce hogar.

El sonido de los bongós, los acordes de la guitarra eléctrica, el ritmo de los cajones palmeados y una melódica voz entran por mi ventana, haciendo que mi pequeño buda negro made in germany, siempre tan sereno y callado él, se haya despertado de su eterna meditación de resina sintética contorneando su kundaline, sus manos y sus caderas.

España es una fiesta continua a la que se suman todos los años millones y millones de turistas con dinero (que a los pobres, los llamamos inmigrantes y vienen a currar). 

 

Se lanza el “Lolo” al ruedo de la acera con su bandera roja y gualda cual si fuese un capote torero, jaleado por la adolescencia con ganas de chanza, dando vueltas como un trompo. El frenesí va disparando las hormonas de unos y otros, y desde el graderío de las ventanas se arrojan abundantes insultos (sobre todo a la honra de las madres). Pero nada, el ruido musical lo ahoga todo.


“Te vas a quedar soltera por más que gastes bolsos de Carolina Herrera”, espetan los subwoofer. Y las fuerzas del orden público tan desubicadas como de costumbre. Al final todo termina una hora después de que el “chino” de turno cierre y se acabe el suministro de birras. 

 

Es lo que tiene la globalidad de este civilizatorio otoño dorado que estamos viviendo, donde el silencio es un lujo que se pierde entre el escándalo del entretenimiento continuo, la persistente desinformación borra la memoria y la intangible inteligencia algorítmica sustituye el raciocinio de nuestros cerebros.

 

Tal vez por todo esto mi neurocortex prefiera la contemplación de flores y animales menos sapiens (sin ánimo de ofender).