Mostrando entradas con la etiqueta Paseos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paseos. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de marzo de 2021

PASEO AL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL.

 

Luce una hermosa mañana de fresca y soleada primavera. Asoman las tiernas yemas de las hojas en los ácer, en los robles, en los olmos y en casi todos los árboles desnudos. Florece el romero y el laurel, salpican el verde los amarillos dientes de león y las azules verónicas. Trinan los jilgueros, los verdecillos, los estorninos y los carboneros.

Pero hoy mi paseo no va a ser por el Parque Lineal. Mi paseo iba a aventurarse hasta el Registro de la propiedad Intelectual, al ladito del Congreso de los Diputados, donde mi querida compañera me ha pedido que la acompañe con su último libro escrito. Aprovechando la estupenda red de transportes públicos, cogemos el bus hasta el Museo del Prado, donde ya va formándose una cola para entrar. Por los alrededores hay quien pide para una ONG, para comer (y beber) u ofrece auténticas copias de las pinturas encerradas. Alguna manada de curiosos turistas se cruza con otras de alegres estudiantes por una Plaza de Neptuno inusualmente despoblada de coches y peatones.

Entre controles policiales, algún mendigo con un brick de vino, las terracitas con sus mesas separadas y al sol que tanto gusta a nuestros vecinos del norte, atareados repartidores invadiendo las aceras con sus furgonetas y grupitos haciéndose fotos frente al democrático parlamento de España, alcanzamos el edificio del Registro. Un fornido y subcontratado joven guarda de seguridad sale a nuestro encuentro: “¿tiene cita previa?”. “No, he estado llamando y no me cogen el teléfono”. “Eso no es culpa mía, sin cita previa no se puede atender, aquí tiene la web y el horario”, y nos entrega un papelito. “Pero bueno, ya que estoy aquí pueden dármela”, insiste mi señora, apelando al espíritu humano. “No señora, ya le he dicho que solo se puede hacer por la web, a partir de las 10 de la mañana de los lunes”. “Pero entonces ¿he venido para nada? ” (insiste mi seño). “Ya le he dicho …”. Yo ya estaba bajando las escaleras y observando la bonita arquitectura del edificio.

En la puerta de la calle se nos amontonó un poco de emoción negativa, por la frialdad maquinal del sistema y por la duda existencial de qué hacer con la mañana: pasear por las callejas del Barrio de las Letras y el cogollito típico al que están viniendo los turistas franceses por la apertura de bares, restaurantes y horarios, volvernos a casa y seguir con nuestras rutinillas o visitar el semicerrado Parque del Retiro. Andamos por la calle de Santa Catalina (posible recreación literaria de Hipatia de Alejandría) hasta la esquina con la del Prado. En una esquina un restaurante cerrado y con una pintada a spray en su fachada que dice: “Gobierno psicópata, déjanos respirar”. En la otra esquina la sede de la Iglesia de la Cienciología, con su Dianética (“lo que el alma le hace al cuerpo a través de la mente” o ciencia moderna de la salud mental). Curioso gazpacho intelectual.

Después de una breve “asamblea” ponemos rumbo al Jardín Botánico, donde tenemos que hacer cola para entrar. Una rotunda funcionaria embutida en su uniforma azul nos advierte a voces de que nos arrimemos a la pared y mantengamos “la distancia COVID” para no ser amonestados por la policía, además de informarnos de los descuentos para mayores de 65, discapacitados, grupos numerosos y parados. Pagamos los 4 euros de la entrada normal, más dos por ver la exposición “Sal” (sobre las salinas), francamente sosa, en el Pabellón Villanueva, convertido en una especie de cafetería de lujo atendida por inmigrantes latinoamericanos. Entre la variada vegetación sentí una cierta calma, que se acentuó después de visitar el retrete y mucho más al sentarnos y descalzarnos a la sombra. Los invernaderos cerrados, la zona de huertos también, los bonsáis soleándose en la Terraza de los Laureles, el pasadizo de los olivos, los gigantescos cedros y almeces, los fantasmas de piedra esculpida, los estanques con su arroyo artificial colonizado por nenúfares, ranas y patos, los floridos macizos de tulipanes y narcisos, las fotos de rigor instantáneamente compartidas por wasap. “¿Y si nos quedamos a comer?”, “¿por aquí o por el barrio?”. “Por el barrio”.

Volvemos a la parada del 10 en el paseo del Prado, donde un “hombre gris” que ha salido de la Bolsa de Madrid se quita la corbata y la mascarilla quirúrgica para ponerse una FFP2. En el autobús llevamos todas las ventanas abiertas y las mascarillas tapándonos la boca, aunque a la señora de delante no parece impedirle estar dándole la brasa a su compañera de asiento durante todo el trayecto. Nos bajamos en Arroyo del Olivar y andamos hasta el Parque Amós Acero donde entramos al restaurante “Pancipelao” para comernos dos menús del día. Unas judías verdinas con mero, un entrecot con patatas fritas, un agua mineral y un arroz con leche. Yo un calabacín rebozado, unos salmonetes, una copa de ribera del Duero y una crema de requesón con miel. El paisanaje de los clientes panzones atiborrándose de cachopos y vino, la joven camarera tatuada y su compañero tirillas que no paraban de atender las mesas de dentro y las de fuera al otro lado de la calle, la familia gitana con su habitual algarabía y el dueño alternando con los clientes vips sobre las bondades de la presidenta Ayuso y la necesidad de “salvar la hostelería”; hizo innecesaria la conversación matrimonial.

Satisfechos los deseos de turista en tu ciudad, decidimos quemar calorías andando hasta casa atravesando los nuevos bloques de pisos que las urbanizadoras de los sindicatos han levantado entre Martínez de la Riva y San Diego, junto a la central térmica que nunca llegó a funcionar, y donde todavía resiste una única casa de dos plantas con patio, como testimonio urbano de un pasado cercano. Los zapatos y la ropa que en la fresca mañana parecían adecuados, ahora resultaban sofocantes, llegando a irritarme emocionalmente. De paso, entramos en una multinacional alemana de la distribución alimentaria (LIDL) para comprar cebolla en polvo. Como no tenían y por no desaprovechar la ocasión cargamos con una botella de vino, dos frascos de pepinillos agridulces, dos rulos de queso de cabra, dos paquetes de salchichas, unas chocolatinas mentoladas y una lechuga.

Después de seis horas llegamos al hogar dulce hogar, descargamos las provisiones, me di una ducha templada y me eché una siesta de la que me levanté meditando sobre el sentido de mi existencia, para continuar navegando a bordo de mi Smartphone por los mares de instagram, los páramos de faceboock y las interminables colinas del wasapp. Cuantas veces nos confinamos sin necesidad de que nos confinen.

Ahora sí que me iré al Parque Lineal y luego por los libros a surfear, para airear un poco mi registro intelectual.

lunes, 20 de julio de 2020

AMIG@S



Según el DRAE la amistad es una “relación de afecto, simpatía y confianza que se establece entre personas que no son familia”. Así es que cuando el otro día vi por el Parque Lineal de Palomeras a una vecina que vive en mi escalera y que hacía meses que no veía, y sentí afecto, confianza y simpatía, supe que había amistad mientras charlábamos de nutrición y equilibrio físico y emocional. Algo parecido me pasó al encontrarme con un compañero de trabajo en el cotidiano caminar, con un viejo amigo que recolectaba flores y ramas para un ikebana o con un amigo instagram que hacía décadas que no veía. Comienzan los encuentros después del forzado confinamiento por culpa de un virus. 


Desde pequeño me ha costado hacer amig@s, por eso son para mí un preciado tesoro que trato de conservar lo mejor que puedo. Empezaron siendo compañeros de juegos infantiles, luego colegas adolescentes, continuaron con los compañeros de mili y del trabajo, incluso l@s amig@s de l@s amig@s. La amistad la he ido encontrando en cualquier lugar (incluso en el ciberespacio), solo he tenido que ser amistoso conmigo mismo y no creerme que los demás eran extras de mi película (no ha sido fácil).



Cuando he compartido mis problemas, se me han diluido las emociones que los amplificaban, al igual que al compartir las alegrías ha crecido mi ánimo. Tener al menos una persona con la que poder intimar en confianza nos ayuda a conservar nuestra salud mental y emocional, por eso es tan importante tener buenas relaciones de amistad, compañerismo y familiaridad. Y por supuesto, ser sinceros con nosotros mismos. Hay quien dice que el mejor psicólogo es una buena amistad, de esas que se atreven a decirte las cosas que te incomodan.


Nos vamos creando nuestro mundo creyéndonos que eso es la realidad, incluso tratamos de convencer a otros de ello. Buscamos amig@s que refrenden nuestras creencias e incluso medimos la reciprocidad (siempre asimétrica) de cada amistad. Pero lo que nos hace germinar es el riego con otras verdades amigas que nos permiten romper la cáscara de la bellota, para ser encina y no solo engordar para ser comida de cerdo ibérico.



El mejor amigo (o enemigo) somos nosotros mismos. Los conflictos y las soluciones siempre están dentro de uno, aunque nos empecinemos en buscar culpables y soluciones externas. El paseo cotidiano me ayuda a encontrarme, en medio de un entorno relleno de gente anónima (poco amistosa), y por lo tanto puedo decir que es uno de mis mejores amigos.



Comprender las circunstancias que nos ha tocado vivir es fundamental para entendernos. La ciudad, que sigue invadiendo el campo, tiende a aislarnos aunque nos amontone. Por eso necesito el contacto con la naturaleza, para darme cuenta que más allá de mis egocéntricas preocupaciones las golondrinas han vuelto para “robar” el barro de los charcos y okupar con sus nidos las cornisas de nuestros edificios, que los acer siguen dando su semillas voladoras aunque no las dejemos crecer, que en los horizontes limpios de humos, que ha dejado este pequeño decrecimiento económico, se puede observar el Cerro de los Ángeles, incluso la silueta difuminada de la Sierra de Gredos (lo que sucede en el resto del mundo no puede explicarse aquí).



El calor mesetario inunda la ciudad. Las calles se vuelven a despoblar, esta vez no es por el aparcamiento lineal que haya decretado la autoridad sino por no molestar el cortejo de las chicharras que inundan los árboles ajardinados :-). Es verano.



De vuelta al cobijo (otro buen amigo), me tumbo boca arriba (savasana, en yoga) para descansar la espalda y la mente. A través de las paredes escucho a la vecina de al lado que tiene una de esas relaciones modernas en las que se pasa más tiempo con el “esmarfon” que con el novio. A los de arriba, que les ha venido un nietecito y han reverdecido su capacidad de dar amor. Abajo se escuchan discursos educacionales dirigidos a la pareja de perritos llorones. En frente una viuda llora su soledad desde el sofoco emocional, después de haber perdido a su marido en marzo. 

 

Buscamos algo que hacer, alguien a quien amar y una ilusión en el horizonte. Y a esto ayudan mucho l@s amig@s, la familia y l@s compañer@s. 


Los miedos, que con tanta fuerza e insistencia brotaron hace unos meses, parecen deshacerse lentamente ante la necesidad de continuar viviendo con cierta “normalidad”. La amenaza biológica para los humanos persiste. Para el resto de seres vivos la amenaza somos nosotros. 
 


Después de meses confinados, no pudimos esperar más, teníamos ganas de juntarnos respetando el distanciamiento social y la higiene corporal (que somos personas formales y educadas). Mascarillas caseras, quirúrgicas desechables, FFP2, KN95 de alto aislamiento, gel hidroalcohólico, . . Hubo quien llegó marcando distancias y quien parecía un kamikaze de los abrazos. Íbamos con una idea preconcebida y poco a poco fuimos dejándonos moldear por las circunstancias. Cada uno es un mundo y hemos vivido esto de distinta manera. Existían ganas de comunicarse, de ser escuchados, incluso de escuchar. 



Sentimos los espacios abiertos, los hermosos trigales bordeados de amapolas e hinojos, las veredas entre los encinares que sujetan el erosionado suelo de los vallecitos que llevan al Tajuña. La hilera de la tribu se partía por los distintos ritmos que cada cual llevaba, mientras los perros iban y venían. Yo me quedaba casi siempre el último (haciéndome el perro), frenado por la contemplación del paisaje, la fotografía y alguna conversación. Hace ya un tiempo que he ido abandonando las prisas. En la meta nos esperaban viandas y brebajes en el bonito cobijo que un día decidieron habitar, estos viejos amigos, abandonando la ciudad. Tras la pantagruélica ingesta dejé que mi mente y mis huesos descansasen en horizontal sobre la firme tierra, arropado por el canto de palomos, estorninos, verdecillos, jilgueros y el suave deambular de los cúmulos que presagiaban la tormenta. El bálsamo de la amistad redujo más de una inflamación emocional. Gracias amig@s.
 

Mientras no consigamos la “inmunidad de rebaño”, el miedo nos acompañará como viene haciéndolo toda la vida. De momento cultivemos la afectividad (incluida la autoestima). Y recordad que los mismos que decían hace tres meses que la mascarilla no era necesaria son los que ahora te multan con 100 euros por no llevarla puesta. La verdad siempre es relativa. Escuchar otras verdades siempre enriquece la nuestra, y en eso l@s amig@s son una ayuda fundamental.


lunes, 17 de febrero de 2020

CRÓNICAS POSNAVIDEÑAS





Tras el atracón de las “felices fiestas”, todos necesitamos pasar página y retomar con entusiasmo el timón del barco de nuestra vida poniendo rumbo hacia los nuevos horizontes marcados en los esperanzados propósitos del año nuevo. En mi caso, al ser un privilegiado que tiene todo lo necesario (y más),  una buena caminata siempre me reanima, y como yo no tengo perro (más bien lo soy) de buen grado acepto que me saquen de paseo. ¡Guau!


Un chaval de 77 primaveras me lleva, una vez más, por el Parque del Sureste a la captura de algún cromo vital, sean mosquiteros, cigüeñas, petirrojos o fochas en las lagunas de las antiguas graveras. El caso es caminar y charlar (incluyendo el escuchar). Gracias.


Pero la aparente belleza, a veces oculta la mierda que escondemos o quemamos, como en la cercana planta incineradora del vertedero de Valdemingómez que ahora va a recibir la de Alcalá de Henares. Como vecino que tengo que respirar las dioxinas, furanos y otras toxinas (a parte de los malos olores), quedo con otros vecinos para protestar ante el ayuntamiento (y aliviar mi soledad de rarito).


El “progreso” nos desborda. El Jarama y el Manzanares vienen rebosantes de él. Se filtran, los ríos, a través de los escombros y arenas para que la vida se abra camino en forma de alamedas, carrizales o lagunas repletas de peces, aves, anfibios o insectos. Los urbanícolas podemos sentirnos un poco animales en medio de este soto “salvaje” aunque estemos más pendientes del teléfono inteligente que de la inteligencia natural que nos rodea con sus innumerables formas de vida. Al menos sirve para quemar los polvorones, turrones, cordero, marisco y bebidas “espirituosas” que tan generosamente nos hemos obsequiado . . . ¿Cómo muestra de amor? 


De vuelta a la ciudad me veo perdido en las circunstancias que me rodean. Como en la fotografía frente a una barbería ¿Qué pensarían los reyes magos si supiesen que son unos “jister” bastante “frikis” (además de ser cómplices de unos okupas)?. Pues algo parecido me siento yo. Mira que me lo decía mi señora: “eres muy rarito, cariño”.


El paisaje urbano nos deja imágenes desconcertantes con cigüeñas en árboles de hierro, extrañas caligrafías de jóvenes escolarizados, rascacielos de acero y cemento que acosan los horizontes u hombres sin cabeza ocupando la calzada en busca de un euro. Pero el rarito soy yo.


Hay momentos en los que parece que el mundo está al revés y son las cotorras quienes se plantean viajar a Nueva York, ante el rechazo del que aquí son objeto. Seguramente sean imaginaciones mías.


Vuelvo a coger la vereda, un poco desdibujada, de la utopía soñada y vuelvo a caminar en compañía por los eriales periurbanos reclamando respeto para la Naturaleza, para mis pulmones y el de las siguientes generaciones. Al final hubo algún conato de enfrentamiento entre el “Frente Rivereño Ecologista Reconstituido (FRER)” y la “Plataforma Ecologista Rivereña Auténtica (PERA)”. Al menos hubo coincidencia en que la incineración no es la solución.


P.D.: En los últimos meses han caído varias hojas del árbol que me sustenta (familia, amigos y compañeros). Otras frondas más verdes han empezado a asomar. Como dice un buen amigo, solo nos queda arrear para adelante. DEP.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Viaje al cogollito atípico (Una entrada suicida en la era del “twitter”).


En estos días de felices fiestas todos los humanos sentimos la llamada salvaje de nuestra cruda naturaleza (tal vez sea por lo del equinoccio de invierno). Playas, pueblos, casas rurales y cogollitos típicos se pueblan de apresurados urbanitas deseosos de recargarnos las pilas ante el maratón celebratorio de las fiestas navideñas. Luego nos refugiamos en los cobijos climatizados, al abrigo de los nuestros, en torno al fuego de la fraternidad que espantará a las fieras y alimañas (que cada cual ponga las suyas) que nos acechan en nuestra cotidiana lucha por sobrevivir en la sabana de plástico que hemos ido creando, y lanzamos exorcismos en forma de buenos deseos para el futuro. Todo un ritual ancestral.


Habiendo hecho ya varias escapadas en este otoño, mi querida señora, amante y compañera me sorprendió, hace unos días, con un sencillo viaje andando (sin coche, ni tren, barco o avión) al cogollito del viejo barrio, en el que vivimos intensamente parte de nuestra juventud. Un reto realmente salvaje (andar).

Desde el moderno barrio de las nuevas Palomeras en el que habitamos, con bloques de pisos de más de 10 alturas, atravesamos las anchas avenidas arboladas, pasando por parques ajardinados (“Campo de la Paloma”, “de la Constitución”, “Azorín”, ..). 


Todo se va comprimiendo a medida que nos vamos introduciendo por Arroyo del Olivar entre las antiguas colonias para obreros, con sus bloques de tres alturas sin ascensor, sus cuerdas compartidas para tender la ropa y sus patios vallados como últimas zonas verdes, antes de llegar al casco antiguo en el que apenas quedan unas decenas de las casas que había al comienzo del siglo XX. Toda una lección de arquitectura moderna (incluido el campo del Rayo). 


Como buenos guiris vamos sacando fotos de algo que tiene un valor nostálgico para nosotros. Los residentes actuales no deben de comprender muy bien, cuando nos paramos a fotografiar un viejo y abandonado edificio de ladrillo visto con baldosines serigrafiados anunciando: “Leche fresca de la tierruca. Se sirve a domicilio” (y un señor con boina cargando dos cántaras llenas colgadas de un palo). 


Junto a esa tienda estaba una de las antiguas vaquerías del barrio, en las que las vacas daban su producto a cambio de pienso, establo y algún paseo por los solares que existían. Todo eso se lo llevó el progreso, por ser insalubre. No veo yo el barrio más saludable que en mi infancia.

Ahora ya no hay vaquerías, ni churrerías, ni fábricas de pan o tahonas. Por supuesto, también han desaparecido las chatarrerías, las carbonerías, la fábrica de hielo (para las neveras), los kioscos de cambio de tebeos, las mercerías, las jugueterías, la pajarería que vendía todo tipo de grano (alpiste, cañamones, maíz, trigo . .), las casas residenciales con su bonita arquitectura modernista y sus cuidados jardines. 


Pero también se han borrado las zapaterías, las tiendas de ultramarinos, las librerías, la tienda de Curtidos Ramón, las antiguas tabernas y casas de comida, las freidurías de gallinejas (como la de La Felipa) y en general todo el antiguo pequeño negocio familiar que daba vida a la que fue una de las principales calles del barrio, la avenida de Monte Igueldo. 


 Hoy la decrepitud de los edificios ha ido echando a los antiguos vallecanos, y nuevos vecinos de Bangladés, Rumanía, Marruecos, China, Ecuador, Perú, Senegal, Mali o cualquier parte del mundo han venido a ocupar su lugar. 

Solo las iglesias, los colegios religiosos (a los que fui de pequeño) y la gasolinera, parecen aguantar el tsunami inmigratorio producido por el enorme desequilibrio económico y social de este progreso civilizatorio.
 
 Pese a todo, florecen los consultorios telefónicos y de envío de dinero al extranjero, algunas tiendas de “todo un poco” (chinos), las casas de apuestas y las fruterías (árabes, principalmente). Lo que para unos es decrepitud y abandono, para otros es esperanza por tener techo, agua, alimento y electricidad. A veces la Navidad se celebra enviando un poco de la riqueza de aquí, más allá de nuestras fronteras.


No sé si por el rollito étnico, por solidaridad con el pequeño comercio, por la moda gastronómica que nos invade o porque teníamos hambre, entramos a comer en la  Taberna Peruana un arroz especiado con cilantro, un seviche de cebolla y más cilantro, un trozo de pollo al carbón, unas patatas con salsa amarilla picante y unos tallarines con salsa verde (nos pasamos pidiendo). 

Al salir vemos como la policía pide la documentación a varios transeúntes latinoamericanos con evidentes signos de embriaguez. Uno de ellos estaba caído en una de las bocacalles (Tajos Altos) que dan al bulevar (Peña Gorbea), le vimos pasar en zigzag de pared a pared. Se lo comenta mi señora al agente, que toma nota (deben estar hartos de tanto beodo inconsciente). 

Al cruzar la calle de Peña Gorbea, en mitad de la acera, veo a otro “caballero” orinando abundantemente contra la pared (C/ Peña Rubia) sin el más mínimo pudor, apenas puede sujetarse la manguera mientras danza poseído por el agua de fuego. Ya no se me ocurre decirle nada al señor guardia.

 
Al doblar la esquina, encima de la “feminista y antiespecista” taberna “La Vegana Vallekana” (emplazada en el antiguo gimnasio de mi tercer colegio), se puede leer una pancarta colgada en un balcón: “ESTAMOS HARTOS, QUEREMOS DESCANSO”. La antigua plaza vieja del Puente de Vallecas (Plaza de Puerto Rubio) se ha convertido en un lugar con demasiado “ambiente” y difícil convivencia. 
 
Cruzamos de acera y nos dirigimos hacia donde estaban dos grandes cines (Río y Bristol) y un viejo cuartel de la Guardia Civil. Nada queda, salvo una plazoletilla frente a la parroquia de San Ramón donde un hombre se ha bajado los pantalones para descargar en un alcorque (como los perritos), dejando sus glúteos al viento poco antes de que pase otra patrulla de la policía municipal. 


Por no querer ver, no me había fijado bien, no era un hombre, era la mujer que nos pidió dinero para comer en la taberna. Parecía muy española y muy perjudicada. Le di un euro, que parece haberlo orinado ya. La naturaleza salvaje y cruda de nuestra animalidad, como las palomas.

 
Avanzamos, disparando con la cámara y el smartphone, por la misma calle que siendo mozo había recorrido cientos, miles de veces para ir al Retiro, al colegio, a la mili, al trabajo; siempre camino del cogollito en torno al bulevar, la plaza vieja y el Metro. Las juveniles ilusiones que siempre me habían acompañado en este recorrido, ahora se habían convertido en emociones descarnadas, como buena parte de las fachadas de puertas y ventanas enladrilladas, tapizadas por viejos carteles encolados y modernos “tag” grafiteados. 


Al final alcanzamos la avenida de San Diego y la calle Convenio, desde donde se puede ver el hormigonado y rectilíneo puente que sustituyó al antiguo de ladrillos en bóveda de medio punto, y que da paso a la avenida de Entrevías y al depósito de máquinas ferroviarias. 
 

Los viejos barrios de las modernas metrópolis del siglo XXI han quedado atrapados en el espacio y en el tiempo. Los del centro son adecentados para el turismo y los de las periferias son abandonados para inmigrantes y gente sin demasiados recursos económicos. Unos son los cogollitos típicos que todo el mundo quiere visitar y los otros son los cogollitos atípicos que nadie quiere ver (salvo un par de guiris indígenas).

Al remontar la colina urbanizada por la avenida de San Diego, con su modernista Casa del Barco (bloque de edificios en chaflán redondeado), se vuelve a repetir la desazón. Los hotelitos (casas de dos plantas con patio) van cayendo uno tras otro, la zona de bares ha quedado huérfana, solo el de “La Alegría” (donde estuvo el Club de Ajedrez Vallecano, hasta su traslado al Ateneo de Vallecas, hoy desaparecidos ambos) continúa funcionando. 



Resiste la parroquia de San Diego, pero siguen cayendo las últimas casas bajas y creciendo herméticos bloques como el de una “industria de la ingeniería, el suministro, la instalación, el mantenimiento y la operación de infraestructuras en las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, así como en la externalización de Procesos de Negocio” (¡textual!), en lo que antes fueron los Salones Monte Igueldo donde celebré mi boda por ser mis primos sus dueños. De la ternera asada en su jugo, los bocatas de calamares y el champiñón al ajillo que preparaba mi tía a “las soluciones BPO que abordan el diseño, la transición y operación, desde propuestas de mejora a través de la medición del desempeño, los procesos (modelo de indicadores, KPIs) y la tecnología como medio para automatizar”. 

De los palomares que tenía mi tío Néstor en la terraza y las gallinas que tenía mi tía Eugenia en el corralillo, a la cibercorrala y el gallinero internáutico que nos acorrala. Un barrio que ha ido perdiendo en condiciones de habitabilidad y ganando en aparatos de aire acondicionado, donde ser viejo se ha convertido en una aventura “extreme”.



Alcanzamos las Nuevas Palomeras y el moderno urbanismo, justo donde la soberanía del pueblo tiene su sede (la Asamblea de Madrid) y los políticos vienen para hacer su función de vez en cuando. Edificios de cristal, fuentes en las rotondas y los grandes centros comerciales que anuncian la “revolución” vallecana en forma de compras compulsivas. 



Vuelven las grúas a alzarse, sobre las derruidas viviendas de dos alturas con patio y zonas verdes, para levantar modernos pisitos amontonados. Una pintada enjaulada parece gritar: “Respira”. 


En uno de los escasos solares sin urbanizar, crecen salvajemente las cerrajas en flor ajenas a los horarios, los transportes públicos o las incertidumbres económicas y políticas. 


Un par de kilómetros más y coronamos las Palomeras Altas, donde habitamos nuestros particulares palomares y concluimos el viaje al cogollito atípico.

Dicen que esto es la evolución vallecana, yo no sé hacia dónde.


 P.D.: Perdón por el "ladrillo", pero es como el bolo intestinal, que si no lo sueltas con regularidad se te forma un "ladrillo" que cada vez cuesta más expulsar.

Felices Fiestas.