viernes, 29 de octubre de 2021

"La Palmera"

 

Cuatro kilómetros al noroeste del Parque Lineal, en el baldío solar de un viejo barrio brota la creatividad de quienes se empeñan en un mundo más humano. Sobre la memoria olvidada de un suelo que fue carrascal junto al valle del Arroyo Abroñigal, crecen gramas, ortigas, un laurel y una gran palmera. En el soñado patio de una casita baja, ya derruida, hoy se cobijan pájaros, gatos y artistas rebeldes que pretenden mantener una isla de esperanza en medio del océano urbanizador. Un pequeño huerto parece reivindicar el pasado de las tribus vallecanas que habitaron estos parajes.


El que fuera edil de Vallecas (1899 a 1903), Melquiades Biencinto, tratante de ganado y toledano de Carranque, da nombre a la calle del espacio vecinal “La Palmera”. Allí, entre desconchados muros medianeros, reciclados maniquíes y viejos palets de madera, que sirven de mobiliario, emerge la magia de quienes dedican voluntariamente parte de su tiempo a alegrar las soledades de ancianas asomadas al balcón, niñas de emigrantes que añoran su tierra y vecinas/os de uno de esos arrabales capitalinos donde la pobreza económica y la testosterona suburbial han llevado al desánimo. Unos metros más allá está la Sociedad Española de Ornitología (SEO), reivindicando el derecho de los pájaros a la vida y el mantenimiento de sus ecosistemas.


El maestro Enrique Moleón, junto con su grupo “La Palmera”, ofrece un bonito concierto de cuerda y viento, con poesía recitada para deleite de asistentes y curiosos. Todo un lujo que no tiene precio. Una revolución de fraternidad frente a la competitiva destrucción de quienes son incapaces de compartir. La música y la palabra crean, por unos momentos (casi 2 horas), el silencio mental en medio del continuo ruido que nos inunda.


Por los armónicos sonidos se van filtrando castizos aromas a morcilla frita y otros guisos más étnicos de los lejanos pueblos que ahora conquistan estas tierras (es la hora de la comida). Entre acordes y ritmos de jazz, aparecen las disonancias de algún motor, un claxon o el ladrido de un perro. La flauta travesera se eleva sobre el contrabajo, saxos y trompetas, acompañada por las guitarras. Del silencio de los sapiens brotan los aplausos (incluida la abuelita del tercero sin ascensor), compartidos también por el moderno trovador de sensuales versos y la poetisa que calentaba sus manos heladas con las palomas muertas que de niña peló entre la niebla que cubría las casitas bajas.

Las posteriores tertulias, acompañadas del ritualizado aperitivo, navegan entre las filosóficas quejas sociales y los viajes realizados por lejanos países, además de los encendidos elogios a músicos y poetas. El reivindicativo acto concluye con una procesión callejera hasta el “Coto de las Águilas” (bar con terraza) donde religiosamente nos aposentamos para celebrar la comunión con la  Pachamama tomando sus frutos (frituras de pescado, patatas bravas, ensaladas y bebidas fermentadas), servidos por dependientes amerindios sobre el solar que una vez fue la casa cuartel de la guardia civil en el Puente de Vallecas.

Mi comprimida historia se disuelve entre los infantiles recuerdos de las huertas del tío Cleto y la ruidosa realidad de la autovía (M30) que hoy las sepulta, en tanto que mi tertuliano amigo de enfrente se enerva por la falta de inteligencia que demuestran los votantes, al mismo tiempo que nos comemos unos chopitos regados con un Ribera del Duero crianza. Lo peor fue que no pude echarme la siesta, todo un pequeño drama para un privilegiado como yo  (pero mereció la pena). Esperemos que La Palmera siga dando sus frutos vecinales y su ejemplo sea semilla que germine en otros lugares.

3 comentarios:

  1. Que chulo Javi, a ver si hacemos más. Un abrazo.

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  2. Que bonito!
    Y que recuerdos... Yo también he pelado palomas muertas.

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  3. Todo un recorrido literario muy bien adornado por tu pluma,querido amigo.

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