domingo, 23 de junio de 2019

Campo del Moro 30.01.2011


   En las soledades a la sombra del calor veraniego, frente a la pantalla que me atrae con su ciberrealidad colorista, veo la colección de estos cromos vitales, guardados en su carpeta. 


 
   La bella doncella luce petrificada en la umbría, brotes de magnolia anuncian la lejana primavera, musgos, líquenes y ombligos de Venus gustan de la humedad y la penumbra, y el palomo esperando sobre la baranda.



   Es una mañana de invierno en la que juego a ser un turista en mi propia ciudad y dejarme sorprender por la ajardinada naturaleza que crece entre secretas escalinatas de piedra rodeadas por la hiedra, y amplios paseos rectilíneos; que me recuerdan a lo público y lo privado. 

   Lo que queremos que todos vean y las veredas extraviadas que recorremos privadamente. Los reyes y reinas con sus desfiles y celebraciones, ocultando los caminos oscuros donde se recogen emociones y secretos. Son los reales jardines del Campo del Moro, uno de esos lugares que forman el archipiélago de islas verdes en las que me gusta naufragrar cuando salgo a navegar por el secarral madrileño.

 

   Parece que me han visto desde la atalaya que todo lo ve y ¡zas!, he recibido un montón de imágenes (vía Smartphone) de la última celebración en el paraíso que vivimos, aunque a veces no lo apreciemos y queramos más, más, más, más,… sin haber aprendido todavía que todo más tiene su menos.

   Me distraigo saltando de pantalla en pantalla como en una tirolina de microondas que me transporta a otro tiempo y otro lugar. Cuando me bajo, me cuesta regresar a donde estaba. Es lo que comúnmente llamamos distracción, y que se ha convertido en algo muy normal.



   Así es que ya no sé si estoy en el retrete, perdido en la selva y con un cisne negro que acaba de salir del w.c. Lo dejo.

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