Como un esclavo que busca su libertad, el olmo cimarrón había huido de la domesticación y de los alcorques de cemento para alzarse en uno de los pocos solares que todavía quedan entre los valles de hormigón y los cauces de alquitrán de estas modernas urbes del siglo XXI. Hace tiempo que había perdido su aura de árbol apreciado en las plazas de los pueblos por su fortaleza y buena sombra, y ahora se le considera como un ser tonto incapaz de dar peras (“no le pidas peras al olmo” dicen los listillos).
Desde mi ventana le observo alzando sus ramas al cielo con sus tiernos brotes picoteados por algún pajarillo. Lo que no veo son sus raíces buscando el sustento y organizando la gestión de recursos. Ya ha guardado la clorofila y ha limitado la savia, ante el frío que se avecina. La mayoría de las hojas se desprendieron junto con los peciolos que les unían a la rama, ya no tendrán que orientarse hacia el sol para captar su luz y una nueva transformación las retornarán hacia el polvo de estrellas que todos somos orgánicamente. Una nueva generación de hojas ya están soñando con la primavera en la que las sámaras inundarán el barrio de pequeños bebes olmos creciendo entre los resquicios de los bordillos, hasta que la inquisición herbicida los elimine. El gran misterio de la Vida tiene sus límites en la sacrosanta ciencia (en este caso la química), faltaría más.
Ajeno al tiempo lineal que atrapa a los humanos, el olmo cimarrón solo entiende de tiempos cíclicos, viviendo el presente intensamente sin cavilar en futuros ni pasados. No entiende el ruido de los festivos petardos lanzados por los homo sapiens para celebrar la caída de la última hoja del calendario. Le falta cultura y alegría festivalera, es un muermo anclado en viejas costumbres, incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos y a la I.A. Ni siquiera le interesan las noticias. Solo quiere saber si el hongo que a él se arrima es parásito o simbiótico y si algún vecino volverá a mutilarle las ramas como el año pasado. Todo esto hace que se haya vuelto un poco hipocondriaco, y sin opción a contratar con securitas direct una protección a la que no tiene derecho por ser un ser “inferior”. El miedo hace que le broten ramas bajas en el tronco (por si acaso).
Un encorvado anciano con zapatillas de andar por casa, superviviente de los excesos navideños, camina arrastrando sus pies por la acera junto al olmo, agarrado a la soledad, por descansar su cuidadora venezolana que en estos días ha cruzado el océano para estar con su familia. Otros caribeños continúan la fiesta en un pisito realquilado del edificio de en frente, donde un arbolito de plástico decorado con bolas y lucecitas de plástico ilumina la cristalera con la alegría fantaseada. En las estanterías lucen figurillas y casitas artesanas de su tierra, en la mesa polvorones, turrones y dulces de la patria lejana. Danzan y ríen los cuerpos embutidos en tejidos acrílicos, con los mondongos empapados de bebidas espirituosas y las cabezas cubiertas por capirotes de Papa Noel de poliéster made in China. Todos hablan y ríen alborozados, pero pocos escuchan (si acaso la música enlatada).
El estoico olmo, pese a no haber estudiado filosofía, no alcanza a comprender el frenesí de los sapiens por los efímeros placeres y su ignorancia de los ciclos de la Naturaleza que les hacen creerse dioses inmortales. Le parece que Adán y Eva, más que del árbol del conocimiento, comieron el fruto del árbol de la estupidez. Sueña el olmo con unos humanos tan quietos y silenciosos como él, mientras sigue respirando el viciado aire cargado de dióxido de nitrógeno (NO2). Es lo que le ha tocado vivir.
El caso es que yo, tratando de comprender la situación, me deprimo; un lujo que solo podemos permitirnos los acomodados urbanitas del mundo civilizado. Esto de intentar entender a otros seres me da mucha ansiedad. Trataré de explicárselo a mi psicóloga a riesgo de que me diagnostique una neurosis ólmica o una esquizofrenia arbórea. De momento voy a pasar del arbolito y su irritante tranquilidad, bastante tengo ya con la destitución del entrenador del equipo de mi infancia (que era el de mi obrero padre).
!Muy bueno!
ResponderEliminarEste olmo, al igual que otros seres de la naturaleza, no pueden escapar del medio donde están y, tener que aceptar lo que le ha tocado vivir, tal vez le confiera sabiduría y gratitud por estar vivo.