domingo, 11 de agosto de 2019

CARPE DIEM, EN UN MOMENTO.




En un momento de soledad salgo a pasear por el atardecer del Parque Lineal de Palomeras, después de haber hecho la compra en uno de esos “supers” que han ido sustituyendo a los pequeños comercios de barrio, a los que procuro ir aunque estén más lejos. Pero al paso que vamos, dentro de unos años, lo compraremos todo por internet. De eso mejor no hablo (ya he pecado en más de una ocasión, lo confieso). 


Las jóvenes cajeras del turno de tarde, van cobrando a los penúltimos clientes, mientras esperan la hora de salir. En un momento, mientras reponían los estantes o preparaban los pedidos, han podido charlar entre ellas, incluso con el joven repartidor. En un momento se difuminó la soledad, y han podido contarse cosas de su vida. Escuchar y hablar, algo muy humano, que poco a poco se va perdiendo, en buena parte debido a la cibercomunicación. Cada vez más, nuestro interlocutor es una pantalla, incluso cuando estamos en compañía (incluso ahora).

 

En un momento quiero sumergirme en los verdes prados, en las dispersas nubes, en el juego de colores y luces del ocaso solar. Quiero escuchar el canto de los jilgueros y los verdecillos, pero solo escucho cotorras y hurracas, que pueblan las ramas de los maltratados árboles que sobreviven prisioneros en la ciudad, sin apenas suelo y agua. Criticamos, a estas aves, por lo mismo que no queremos ver en nosotros mismos: son ruidosas y sucias invasoras, además de agresivas. Sin embargo hay a quien les gustan, incluso las adoptan. En un momento la crítica mental, ensombrece mi “naturalismo romántico”.





En un momento, el Parque Lineal se va despoblando de jubilados petanqueros y paseantes de perros, y son los grupos juveniles con sus brebajes varios, comprados en el súper, quienes lo van ocupando. Se van descolgando los murciélagos para ejecutar sus erráticos vuelos nocturnos. Comienza el turno de noche.


 En un momento, el nublado atardecer, se ve interrumpido por un “guasap”. En un momento se cruzan una delgada anciana en silla de ruedas, llevada por su hijo y una gordita tatuada en cuerpo y alma, que lleva tres perritos atados. Suenan sirenas de ambulancias por la autovía. En un momento pueden pasar tantas cosas. 

 

Será por eso que últimamente estoy más consciente de lo que decía el poeta romano Horacio: Carpe diem, quam minimum credula postero: “Aprovecha el día, no confíes en el mañana”. 


Me hago viejo y el tiempo me lo voy tomando a sorbitos. Es una medicina amarga, pero necesaria en este momento.

 Retrato: Anaís Martín.

miércoles, 31 de julio de 2019

Vuelvo a madrugar.




     Hoy, como tantos días en este último año, me levanto y salgo a pasear en el amanecer de una fresca mañana de verano por este Parque Lineal de Palomeras. El sol se va levantando sobre el horizonte y los árboles tamizan sus rayos, que van mezclándose en mi piel con la suave brisa, en agradable contraste. Las sophoras japónicas (sófora o acacia del Japón) y las acacias de Constantinopla (Albizia julibrissin) siguen con su estival floración. El aroma de la tierra recién regada se combina con el canto de mirlos, cotorras, jilgueros, gorriones, urracas, colirrojos, algún carbonero y el continuo rumor de la M40 tras las verdes colinas. 



     Las lavanderas alimentan y enseñan a alimentarse a sus pollos (siempre reclamando), en la charca formada por el riego.



     Una mañana en la que saludo con una sonrisa a personas desconocidas que me encuentro por el camino, hombres y mujeres, solas o acompañados con sus fieles perrillos, andarines o corredores, trabajadores o jubilados, jóvenes o ancianos, todos somos vecinos de este poblado barrio limítrofe con el campo, ya edificado. 

     Mientras, voy intentando respirar conscientemente y serenar la mente; para terminar volviendo al hogar que me he dado, con el tesoro de los miles de pasos dados y alguna foto de malvaviscos, achicoria y otras flores silvestres. 



     Sé que mi alma no va a tapar sus agujeros con esta entradita al blog, pero al menos me ejercito para que no se oxide la cámara y el teclado.

domingo, 23 de junio de 2019

Campo del Moro 30.01.2011


   En las soledades a la sombra del calor veraniego, frente a la pantalla que me atrae con su ciberrealidad colorista, veo la colección de estos cromos vitales, guardados en su carpeta. 


 
   La bella doncella luce petrificada en la umbría, brotes de magnolia anuncian la lejana primavera, musgos, líquenes y ombligos de Venus gustan de la humedad y la penumbra, y el palomo esperando sobre la baranda.



   Es una mañana de invierno en la que juego a ser un turista en mi propia ciudad y dejarme sorprender por la ajardinada naturaleza que crece entre secretas escalinatas de piedra rodeadas por la hiedra, y amplios paseos rectilíneos; que me recuerdan a lo público y lo privado. 

   Lo que queremos que todos vean y las veredas extraviadas que recorremos privadamente. Los reyes y reinas con sus desfiles y celebraciones, ocultando los caminos oscuros donde se recogen emociones y secretos. Son los reales jardines del Campo del Moro, uno de esos lugares que forman el archipiélago de islas verdes en las que me gusta naufragrar cuando salgo a navegar por el secarral madrileño.

 

   Parece que me han visto desde la atalaya que todo lo ve y ¡zas!, he recibido un montón de imágenes (vía Smartphone) de la última celebración en el paraíso que vivimos, aunque a veces no lo apreciemos y queramos más, más, más, más,… sin haber aprendido todavía que todo más tiene su menos.

   Me distraigo saltando de pantalla en pantalla como en una tirolina de microondas que me transporta a otro tiempo y otro lugar. Cuando me bajo, me cuesta regresar a donde estaba. Es lo que comúnmente llamamos distracción, y que se ha convertido en algo muy normal.



   Así es que ya no sé si estoy en el retrete, perdido en la selva y con un cisne negro que acaba de salir del w.c. Lo dejo.

jueves, 13 de junio de 2019

Andrés Palomino, fotógrafo del barrio.

    Hace muchos años que conocí a Andrés Palomino en un colectivo de fotógrafos del barrio (entre ellos Uly Martín, de "El Pais"). Aprendíamos y enseñábamos fotografía. Todos soñábamos con llegar a ser profesionales. Andrés ya lo era (en Pentapress), y era nuestro modelo. Siempre con su cámara a cuestas y una sencillez que le engrandecía.

    Hoy vive en Nueva York y la Asociación de Vecinos de Palomeras Sureste, con el impulso de su presidente, Pepe Molina (un referente del movimiento vecinal), le había organizado una pequeña exposición de fotografías del viejo barrio. Yo he querido sumarme desde este modesto blog.


   Mucho ha cambiado el barrio de Palomeras desde aquellas casitas bajas levantadas a mano por los vecinos, hasta las enormes torres de pisos levantadas por las gruas.


   Como en tantos otros barrios que van rodeando las ciudades, se van perdiendo los recuerdos de lo que un día fueron y las nuevas generaciones miran más hacía el futuro que hacia el pasado.


   Pero en el aquí y ahora de este barrio, el Parque Lineal de Palomeras es una buena referencia de que la vida sigue, más allá de las edificaciones. La mirla se afana en hacer su nido, las melias ya florecieron, como las robinias (acacias) y las abejas siguen en su labor polinizadora.

 

   En esta franja verde, junto a la M40, los humanos encontramos esa ilusión de espacio natural en la que sentirnos animales más que máquinas, y realizamos todo tipo de ejercicios físicos. Cada cual lo que puede.


   Y con el agua de las fuentes de los estanques, quiero terminar recordando a todos aquellos que hicieron lo posible porque el Barrio fuera Nuestro, entre ellas a Andrés Palomino y Pepe Molina.
 

 

miércoles, 15 de mayo de 2019

Retiro octubre de 2010


Hay veces que los paseos no han sido por el Parque Lineal de Palomeras, sino por el otoño madrileño del Retiro, que las fotos se han convertido en vídeo y las palabras en silencio musicado.




Probando, probando.

lunes, 1 de abril de 2019

Principios de primavera.


“Es más fácil escribir diez volúmenes de principios filosóficos que poner en práctica uno solo de sus principios”.

Como buen aprendiz de naturalista descafeinado, me veo reflejado en esta frase de la agenda en el  día de hoy, y después del matinal paseo por el Parque Lineal, me pongo a escribir (no diez volúmenes, sino poco más de diez renglones), por aquello de compartir las fotografías capturadas y comentadas.


Vuela la cigüeña bajo nubes de humo de aviones y celebramos la hora del planeta apagando las luces unos minutos.
  
Los contrastes entre la naturaleza y la civilización son algo tan cotidiano que hemos llegado a normalizarlo.


Pero más allá de los cambios de hora que ni carboneros, pitos reales, verdecillos o tórtolas turcas llegan a comprender; la primavera ha llegado.



Y además empieza abril con aguas mil (parece), que falta hace por esta reseca tierra ibérica.
 



Florecen los cerezos, el árbol del amor y las resecas vainas de las catalpas ya dejan ver los brotes de la nueva temporada.
 




Igual que los laureles con sus flores amarillas y los acer negundos con sus racimos penduleantes.


También el almez muestra sus frutillos bajo sus jóvenes hojas.



En la pradera resaltan los dientes de león que han sobrevivido a la siega.
 


Reverdecen los robles.



Y los impetuosos olmos ya tienen maduras sus semillas para lanzarlas al vuelo.
 



Así la naturaleza de este Parque Lineal nos ofrece un mosaico de colorida belleza.
 



Porque ni los principios filosóficos, las primaveras y los atardeceres son iguales aunque nos lo puedan parecer. Por eso sigo reflexionando en mi cotidiano caminar (ahora primaveral), apreciando las luces y sombras de cada nuevo día, pues ninguno es igual.