domingo, 6 de mayo de 2018

El paseo de un gato.


Como un gato de aldea deslumbrado por la luz del sol y sorprendido por la tecnología que todo lo inunda, me quedo con la mirada extraviada en un entorno que no cesa de cambiar.

Los campos de cereales han cedido ante la colonización urbanística en este valle del Manzanres, diluido entre los cerros de La Marañosa y los semiabandonados polígonos indrustriales. Son los cambiantes horizontes que se pueden observar desde las colinas del Parque Lineal.


Esta línea fronteriza entre los cubículos enladrillados en los que habitamos y el torrente de cubículos motorizados en los que nos movemos, se está llenando de brotes primaverales. Negundos, olmos, catalpas, pinos, acacias, melias, plátanos de sombra, almeces, . . . y el árbol del amor,​ algarrobo loco o árbol de Judas, ya florecido. Es la vida salvaje manifestándose, como la arañita que recorre mi libreta o la mosquita que quiere conocer mundo andando por mi mano.

 
La vida se abre camino entre la continua imperdurabilidad de todas las cosas. La joven cerraja no respeta los límites establecidos y se atreve a invadir el espacio reservado para el descanso de las posaderas de los homo sapiens. Los viejos tablones de pino no dicen nada, aunque sus fibras estén cada vez más agrietadas.


En el camino, iluminados por las luces, se nos pasan algunas pequeñas bellezas que solo podemos ver siendo conscientes de nuestra propia sombra. Como estas diminutas verónicas.



Otras "sombras", aunque sean muy llamativas, preferimos no verlas. Como estos eternos envases de efímeros placeres, auténticos souvenires de esta civilización consumista.



Una civilización que no deja de expandirse para convertirnos a todos en urbanitas, deseosos de hermosos paisajes naturales y/o entrañables cascos históricos. Un oceano de bloques de cemento nos rodea, cada vez más.



Como consecuencia de la globalización, especies exóticas (como esta cotorra verde) invaden nuestras ciudades, al igual que los urbanitas invadimos todo lo exótico. Los parques y jardines de nuestras ciudades son fiel reflejo de ello.


Esos parques y jardines en los que entramos en contacto con la Naturaleza (aunque sea cautiva), ya sea oxigenándonos, haciendo ejercicio o contemplando a otras especies que nos acompañan en este viaje galáctico sobre esta vieja nave espacial llamada Tierra.


Eso sí, cada cual a su ritmo. Algunos con prisas y otros sin prisa alguna. Pues ni somos los árboles que nos han hecho posible la vida en este planeta, ni somos pájaros aunque nos encante volar (a algunos) de aquí para allá.


Por eso, aunque cuentan antiguas leyendas de conquistas cristianas sobre esta antigua población árabe y nuestro gusto por salir de noche, creo que los de esta ciudad nos sentimos gatos por añorar el vergel frondoso que una vez fué este lugar. ¡Miau!

sábado, 31 de marzo de 2018

Miradas periféricas.



Una vez más ha llegado la primavera, pero en lugar de recibirla nos hemos ido. La hemos ido a buscar a la playa, a las pequeñas aldeas, a los valles de aguas cristalinas, a los cogollitos típicos de otras grandes ciudades, a exóticos parajes. Por el Parque Lineal se escucha el silencio, el vacio, la quietud.


Caminamos poniendo nuestra atención en alcanzar una meta, tan centrados en ella que perdemos la visión de la periferia que nos rodea. Ese medioambiente, ecosistema o aquí y ahora, que algunos dicen; se nos ha difuminado de tal manera, que a veces parece que el universo estuviese en las pantallas electrónicas y no en el cielo.



No vemos la transformación de las nubes por el viento del norte, ni el brotar de los olmos y negundos, ni el horizonte tapiado que nos hemos creado. No distinguimos el canto de los jilgueros y los verdecillos. No vemos como se hacen, una y otra vez, brechas verdes en el asfalto, asomando lo salvaje ocultado por lo civilizado. No vemos el nido del pito real (pájaro carpintero) en un viejo tronco, ni la lucha por el territorio de colirrojos y carboneros. La naturaleza la hemos convertido en un pariente lejano, al que visitamos de vez en cuando.


En esta urbe semivacía por la pasión de celebrar la Semana Santa, lejos de aquí, empieza a flotar una hermosa luna llena que se alza sobre las nubes teñidas por los últimos rayos del Sol. En el azul se dibujan unos trazos de humo blanco, lanzado por una lata voladora que transporta homo sapiens de un lado a otro del planeta. Otros viajes, más silenciados y oscuros, solo dejan un rastro de inhumanidad. Esos sí que son vía crucis de sufrimiento y de pasión.
Las miradas periféricas hacen que sintamos más el camino vital que vamos haciendo en esta nave llamada Tierra, al abrir un poco más nuestra egocéntrica mente. Pero como decía aquel, no hay peor ciego que el que no quiere ver.




viernes, 9 de marzo de 2018

Resulta que soy feliz y no lo sé.




Tras la frontera de cristal y aluminio, que me aísla del entorno “hostil”, llueve. Por fin llueve y el mundo verde se alegra, aunque los almendros lloren pétalos sobre la tierra embarrada. Atravieso la mini selva del Parque de la Paloma entre regatos y charcas. El templado aire empuja el licuado de nube contra mi paraguas made in RPChina. Los alados buscan refugio entre las ramas, mientras los sentados buscamos refugio frente a las pantallas. Por un instante, una pequeña parte de mi ser se siente “salvaje”. 

Benditos sean los paseítos que ventilan el cuerpo y la mente.

Tras los muros de mi habitación, oigo voces comunicándose a kilómetros de distancia por la telefonía inalámbrica. La tecnología parece capaz de amortiguar las soledades, aunque muchas veces nos aislemos de quienes nos rodean en un deambular zombi, abducidos por esos miniordenadores a los que llamamos “móviles”. Es posible que nuestros amigos, familiares,  vecinos o compañeros, no sepan casi nada de nosotros, pero el “Big Data” lo sabe casi todo (y hasta nos propone nuevos ciberamigos). 

Los datos van creando una realidad paralela, que inunda nuestras vidas, de una forma irreflexiva. Es lo normal. Como decía aquel: “ojo ….. al dato”.

En la lucha por la supervivencia, me aventuro por la montaña para recoger a las vacas y llevarlas al establo, donde poder ordeñarlas (6 brick de leche pasteurizada). Luego bajo hasta la vega para recoger unas verduras y raíces del huerto (1 kg de zanahorias, otro de judías verdes y dos lechugas, higiénicamente plastificadas). De vuelta paso por el pozo y lleno un cántaro de agua fresca (2 garrafas de 5 lts). En el camino me encuentro con un vecino con el que compartir un rato (- “vamos”; -“vamos”). Aprovecho el impulso para echar la basura orgánica al compost y reciclar plásticos y latas (bolsa azul y amarilla). Y ya al calor de la candela, me preparo para cocinar los alimentos (calefacción, vitrocerámica, bombillas varias, …). 

Que poco conscientes somos de lo mucho que tenemos.

En la lucha por los derechos civiles, salieron ayer millones de mujeres en todo el mundo, aunque muchos más prefirieron no salir. Al igual que los ancianos de la tribu que ven menguar sus pensiones después de haber estado trabajando toda la vida, son menos los que salen que los que se quedan. Lo mismo sucede con los jóvenes. En la utopía que vivimos, salir es sinónimo de diversión, no de esfuerzo. Tal vez por eso, las manifestaciones parecen más festivas procesiones que tumultuosas rebeliones (aunque siempre hay alguno que ve delito en cualquier desobediencia).

Con la corta perspectiva que nos puede dar nuestra corta vida, nos creemos que el estado del bienestar ha existido siempre y que va a durar siempre. En nuestra psicología biológica está arraigado el impulso vital de vivir cada vez mejor, y no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. 

Es una lástima que un ser con tantas potencialidades como el ser humano, no haya aprendido después de miles de generaciones, que no es más feliz quien más tiene, si no quien menos necesita (sin olvidar la máxima filosófica de que “quien no llora, no mama”).


Por eso, tras una breve meditación, me he dado cuenta de que era feliz y no lo sabía.



domingo, 2 de julio de 2017

Ya pasó el solsticio de verano.

 Cayeron las hojas de papel dentro de las urnas, otra vez, como caen las hojas marchitas en el invierno; cansadas. Volvieron las promesas a colorear el paisaje, otra vez. Y otra vez se las llevó el viento o el camión de la basura.


 Sigue tratándose el mantillo como un residuo urbano que hay que retirar en contenedores, sin darle la oportunidad de fertilizar el suelo, tanto en el Parque de la Paloma, como en el Parque Lineal de Palomeras, como en la inmensa mayoría de los parques urbanos. Cambian los políticos pero muchas ideas permanecen.





Con la perspectiva que da la experiencia, uno va siguiendo su camino solitario, entre fríos y calores, entre luces y sombras, recreando cada día una nueva utopía que nos ayude en el caminar. A veces cansado y otras más ilusionado.





En ocasiones hay que asomarse a alguna "ventana" que nos permita ver más allá de nuestras personales circunstancias y ampliar el horizonte desde algún alto, aunque sea desde el Alto del Arenal o el Cerro del Tío Pío.



Aunque siempre es bueno silenciar un poco la mente, y percibir la energía de la vida que nos rodea, como la de este verdecillo.




Hay quien se queja teniendolo casi todo, y quien agradece lo poco que tiene. Todo no van a ser hermosas sonrisas y sugerentes perfumes. La vida es una sucesión de claros y oscuros.




Y entre las claridades que alegran este Parque Lineal, están los abundantes riegos con agua reciclada, el funcionamiento de casi todas las fuentes y los nuevos bancos entre los árboles. Algo ha cambiado, y se agradece.


Y para quienes piensen que nada ha cambiado, vease el plano de Vallecas a comienzos del siglo pasado (Museo de Historia de Madrid).


martes, 27 de diciembre de 2016

El solsticio de invierno no es noticia.







Ha llegado el solsticio de invierno y no ha salido en las noticias. Noticia son las compras desmesuradas, las pantagruélicas comidas y las lucecitas que adornan los cogollitos urbanos.


Nadie repara en la desnudez de acacias y olmos, en la dulzona floración del níspero, en las acrobacias arbóreas de los carboneros garrapinos o en los territorios de caza de los colirrojos tizones. Nuestra mente está ocupada en otras cosas más importantes.


Poco a poco la luz vuelve a crecer entre los días más sombríos del año. Son momentos de introspección, en los que las soledades y las ausencias suelen acentuarse. Tal vez por eso tratamos de espantar los silencios con canciones y petardos, iluminamos las noches con artificios luminosos y sentimos con más fuerza la necesidad de pertenecer al clan, la tribu, la manada o el rebaño.




En las escasas zonas verdes que salpican las ciudades, la vida salvaje trata de abrirse camino sin respetar normas ni fronteras, ajena al calendario. Las lagartijas siguen cazando en diciembre, níscalos, champiñones y boletus aparecen tardíamente, varias tórtolas de collar yacen medio desplumadas por algún felis silvestris; sin ninguna consideración por su simbolismo (paz, espíritu santo, magia de chistera, ..). En nuestras civilizadas aceras de cemento la basura desborda los cubos y contenedores. Y en nuestros organismos hay una caída de defensas por los excesos celebratorios. ¡Felices Fiestas!




Los modernos Herodes del imperio, famosos por sus colosales proyectos constructivos, por su espíritu guerrero (incluida la matanza de los inocentes) y su autoritarismo; gobiernan el futuro hecho presente. Un futuro bien distinto al que imaginó aquel rebelde melenudo, vestido humildemente, que se dedicó a predicar con el ejemplo la fraternidad entre todos los hombres y mujeres de buena voluntad, compartiendo lo que tenía sin desear más que lo necesario para vivir. Se supone que en estas fechas celebramos su nacimiento, en un portal ocupado, hace 2016 años. Pero parece que lo de predicar con el ejemplo está pasado de moda, es algo vintage, que se dice ahora. De la historia de estas fechas solo han quedado unos reyes magos amantes de los chupitos y un señor gordo que les hace la competencia en el mundo del merchandising.





En la permanente imperdurabilidad de las cosas, los ciclos de vida se van sucediendo. Venus, nuestro planeta vecino, sigue brillando en la oscuridad del cielo. La luna en cuarto menguante está punto de alcanzar la luna nueva (total oscuridad). La última hoja de este año está al caer. Las borrascas siguen entrando por el Atlántico. Los bebés se hacen niños, estos evolucionan a adolescentes, luego nos creemos adultos, para terminar siendo viejos.




Pero no os preocupéis, porque un mundo de ilusiones nos está esperando. El crecimiento infinito, con la ayuda de la tecnología, nos hará felices a tod@s. La justicia social está garantizada por las constituciones democráticas. Las religiones fomentan la hermandad entre los pueblos y la ética moral entre las personas. Y cuando nuestro cuerpo biológico termine su ciclo nos espera el paraíso, si hemos sido buenos. ¡Feliz Navidad!

domingo, 25 de septiembre de 2016

Camino de una utopía cortita




Desde el pasado invierno no me asomaba por esta ventana del ciberespacio. El más pequeño de la familia de electrodomésticos con la que convivimos acapara la mayor parte de mi atención. Ese ordenador chiquitín que se ha convertido en inseparable compañero de nuestras soledades compartidas no cesa  de hacerme cucamonas digitales para recibir mimos y cuidados, que generosamente le termino dando. Siento como si ahora que estoy con su hermano mayor (el pc portátil), le estuviese desatendiendo, ahí, abandonado sobre la mesa: el móvil, inmóvil.

Mucho llovió en la primavera y las efímeras flores poblaron el paisaje, hasta que la sequía veraniega lo resecó todo, incluidas muchas ilusiones que dibujaban un horizonte de esperanza. Parece que las utopías personales, como los tomates plastificados, son productos que la industria nos facilita para que no tengamos que hacer esfuerzos. Qué maravilla esta de tener los frutos sin tener que cultivarlos.

Venciendo la ley de la comodidad, levanto mi culo y salgo a pasear, para arar mi mente en barbecho con los surcos de la respiración consciente y el silencio del paseo ermitaño entre el cielo y la tierra, por el Parque Lineal de Palomeras. Entre los rumores de los motores con sus malos humos, escucho el canto de los papamoscas en sus territorios de caza, cebándose de insectos alados. Esos mismos que hace un momento me rodeaban en modo de enjambre danzante mientras trataba de escribir a la sombra de los negundos, sentado sobre un banco de tablones de pino. Una especie de hormiga de ala se aposenta sobre mi camisa como buscando su reino, hasta que mi dedo la golpea al vacio.


Un señor mayor habla sobre la añorada jubilación de un amigo, unos jóvenes comentan la inseguridad laboral en su empresa, una niña-madre pasea con un cochecito a su hijo, al perro y al smarphone. El pito real vuela y se esconde tras los troncos de los pinos, las urracas, las torcaces, los gorriones y las lavanderas exploran la pradera regada. Más allá de las colinas, el ensanche de la ciudad ha vuelto a tener grúas en movimiento, y en el interior de los cobijos urbanos las televisiones nos inundan con entretenimientos, terribles noticias y falsas promesas que nos queremos creer.
 
Y yo sigo hipotecándome en comprar a plazos las cortas utopías del  llamado del estado del bienestar. Vacaciones, ilusiones, fiestas y posesiones, desplazan las tranquilas meditaciones, las fraternales relaciones o la observación de nuestras circunstancias vitales. Lo que decía, una utopía muy cortita.