Parque Lineal



Tu comentario es para este blog como el agua para las raices de los árboles.

Gracias.


miércoles, 9 de abril de 2014

Primaveral paseo por el Parque del Sureste.

Soleada mañana de primavera, en las que las nieblas todavía se agarran a los valles. Una buena ocasión para volver al Parque del Sureste.


Después de acertar con el desvío, sin ninguna indicación en la A3, llegamos.


Nos saludan una grandes piedras, restos de alguna cueva con estalactitas, que ahora sirven de barrera a los coches.


Amplias praderas salpicadas de cardos y viejos troncos, celebran la abundancia de agua y sol.


El río Manzanares baja "chocolateado" de civilización.


Junto a la ribera los sauces en flor.


Viejos troncos de fresnos y álamos forman una pequeña selva.


Las paredes de los montes de La Marañosa, las repoblaciones y el bosque de ribera, conforman un amable paisaje.

 Las hermosas flores del tamarindo dan un contrate de color.


El río Jarama, algo menos sucio y con más agua, recrea una bella estampa fluvial.


Un poco más abajo se irá a unir con el Manzanares.


Entre tanto, por los cañizos y los arbustos, corren los abundantes conejos.

 En las lagunas formadas por las graveras abundas todo tipo de aves. Entre ellas las fochas.


Un pequeño oasis de aguas filtradas y relativamente límpias.


Un paisaje acuático singular y biológicamente importante.


Varias casetas permiten la observación y la caza fotográfica de la "vida salvaje".


Al levantar la mirada, una pareja de rapaces sobrevuelan el valle vajo la luna creciente.


Jóvenes y mayores tienen la oportunidad de disfrutar de este pequeño reducto natural, a pocos metros de la expansiva ciudad.





El sol aprieta y se agradecen las sombras, es hora de regresar.


lunes, 31 de marzo de 2014

Entre la mostaza silvestre y la enseñanza obligatoria.


 Mañana fresca de húmeda primavera, en la que cuesta vencer la normalizada comodidad de quien dispone de cueva climatizada. 

En el primer tramo del camino observo este hermoso ejemplar de sinapis arvensis (mostaza campestre), desbordando salvajemente los parámetros del alcorque que ha okupado.


 Ya un poco más allá la belleza cautiva de una madreselva amarilla confinada en un jardin vallado.


Al cruzar el lecho de asfalto, una grieta metaforica avisa de la crisis civilatoria.


La lluvia ha escondido a los ciclistas, y tan solo algunos elementos raros nos aventuramos al camino.



Por fin alcanzo la simulación del bosque, la ilusión de estar en la naturaleza en medio de la ciudad.


Dejo que mi mente se recree en los contraluces inflorescentes del acer negundo.


Que mi olfato saboree los aromas de los floridos árboles.


Que mi vista se abstraiga de la mole de pisos para recrearse en el árbol del amor.


Una perrilla cazadora de botellas de plástico se sorprende de mi presencia, y yo capturo su mirada.


Una joven acampa bajo su enorme paraguas para comunicarse por su smarfone.


Por un momento parece que no estoy en la ciudad.


Hasta los cerezos en flor junto a la M40 saludan con alegría primaveral.


Más allá, en otro horizonte, rebrotan las gruas y los nuevos asentamientos que ensanchan la ciudad.


Vuelven a brotar los chorros de agua en el estanque. Es como si se acercansen unas elecciones.


El solitario pinito contrasta con el viejo polígono industrial de Vallecas y el nuevo Ensanche.


Los olmos, como todos los años, son de los primeros en lanzar sus semillas al vuelo.
 

Algún cazador intrépido se ha lanzado en busca de la barra de pan.


Los torturados troncos, crean imágenes extrañas.
 

 Al cobijo de un gran arbusto, un sofá jubilado espera la visita de los jóvenes.


 Los ánades reales dirimen sus diferencias ante la escasez de hembras.


Las antiguas colinas han sido tapizadas de cemento y asfalto.


La ciudad se refugia en mancomunidades cerradas sobre pequeñas zonas verdes.



Una enorme valla con doble alambrada, oculta un centro educativo donde se enseña el programa curricular establecido, de forma obligatoria. No es de extrañar que los niños y niñas salgan corriendo de ahí.



 Y desde lo alto de un antiguo arenal comtemplo la vieja iglesia de la Villa de Vallecas, rodeada de la modernidad arquitectónica.


Esa modernidad de miles de pisos hormiguero, atravesados por torrentes de automóviles y señales de peligro.


Ese peligro que no se ve, pero que está llevando a muchas personas a la miseria en medio de la abundancia.


sábado, 1 de febrero de 2014

Ecología burguesa.


 El aplastamiento de los planos urbanos crean la sensación de uno solo. Los árboles cubren la estación del ferrocarril, ya de por sí enterrada entre los edificios. El horizonte es un cúmulo de erecciones enladrilladas.


Las desnudas ramas se recortan sobre un paisaje de polígonos industriales en decadencia, levantados sobre antíguos campos de cereales, que a su vez se hicieron sitio talando el bosque. Al fondo el cúmulo sedimentario de un prehistórico mar, hoy tapizado de pinos en hilera y coronado por una iglesia católica.


 Una vieja estrella nos recuerda que somos un planeta que depende de su energía para sobrevivir. Formamos parte de algo a lo que llamamos Naturaleza, pese a nuestra falta de perspectiva para daarnos cuenta de ello.


 En la memoría de nuestros genes está nuestra naturaleza animal, esa que nos empuja al ejercicio físico, al contacto con las plantas y los animales. Aunque ya resulta difícil encontrar a un humano que no esté enganchado a una máquina. Como ese señor absorbido por el teléfono "inteligente".


 Las nuevas generaciones urbanas crecen en un entorno ausente de huertos, animales salvajes o campos de labor. Todo se reduce a tratar de ser un buen recurso humano para conseguir una remuneración que permita satisfacer las supuestas necesidades de consumo. Mientras la experiencia vital de los ancianos es despreciada por vieja, engañados por el mito de la eterna juventud.


 Una vez más levanto mi mirada hacia el cielo, observando los frutos del cinamomo o melia, precioso árbol de fragante floración y fresca sombra proveniente de asia y plantado con profusión en parques y jardines.


 Sus frutos, esas bolitas con las que más de una vez he jugado con mis hijos, son extremadamente neurotóxicas (tetranortriterpeno), una especie de insecticida capaz de matar a un mamífero adulto y sinembargo comestible para la cotorra argentina, tan abundante ultimamente.
Es evidente la incultura biológica que padecemos.



 Buscando los horizontes ámplios, las colinas formadas por los escombros del antigüo barrio de Palomeras Bajas, permiten un recorrido sinuoso de continuos subeybajas por un camino hecho por caminantes y ciclistas.


 Los nuevos bloques de pisos se apelmazan unos contra otros, en lo que llaman optimización del terreno, que no es más que sacar el máximo beneficio por feo y antinatural que sea el resultado. Equipos de aire acondicionado crecen como verrugas en las fachadas y entre el bosque de antenas se puede observar el vuelo de alguna cigüeña, como la de la fotografía.


 Si uno cambia la perspectiva, descubre entre las plantas cimarronas, un valle de asfalto sobre el que voráces máquinas consumen los combustibles fósiles creados durante millones de años. Es la frontera infranqueables para los caminantes, la protegida autovía que nos hace ir rápidamente de un sitio a otro, una y otra vez.


Un sonito atávico, como de tambores tribales, me hace cambiar el rumbo y me dejo llevar por la curiosidad. Descubro las pinturas de una tribu que decoran las paredes de plástico que cubren las vías. No alcanzo a comprender su significado, más allá del colorido que rompe el monótono gris de la ciudad.


 Pintadas clandestinas alteran la repetitiva estructura de acero y poliestireno. Mientras los tambores se hacen cada vez más próximos.


 Miro a un lado y a otro, pero no los descubro. Tan solo algún indígena con garrota junto a más pinturas rupestres del siglo XXI y la tierra desnuda.


 Algunas de estas pinturas parecen utilizar el convencional lenguaje de los signos llamados letras. Llengando a transmitir consignas sobre una ilusión social distinta de la actual.


 Otras, aparte de la falta de colorido, proponen la represión en campos de concentración de los aldeanos o habitantes del burgo, desconociendo quien eso escribió que en las modernas ciudades todos somos burgueses que nos alimentamos de lo producido en lejanos lugares para nuestro bienestar, y que no hay mayor gulag que el que uno mismo se crea en su mente.


 Por fín descubro el origen de los tambores. Unas jóvenes ataviadas para la ocasión, danzan al ritmo de los tantanes, bajo unas canastas de baloncesto y sobre un suelo de cemento. En las paredes más pinturas, esta vez antropomóficas y con colorido, probablemente infantiles.


El cobijo protegido por vallas y techado, acoge a un nutrido grupo de aborígenes urbanitas que golpean frenéticamente sus tambores bajo las indicaciones de quien parece ser la gran matriarca. Curiosidad satisfecha.

De regreso a casa, pasando por el supermercado donde compré algo de fruta y trozos de animales muertos (aves y mamíferos), fuí dándole vueltas a la compleja ecología de la ciudad en la que vivo, viéndome como un burgués carroñero. Menos mál que se me pasó en cuanto me tomé unas cañas con tapa, antes de la comida fente al televisor.