jueves, 25 de marzo de 2021

PASEO AL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL.

 

Luce una hermosa mañana de fresca y soleada primavera. Asoman las tiernas yemas de las hojas en los ácer, en los robles, en los olmos y en casi todos los árboles desnudos. Florece el romero y el laurel, salpican el verde los amarillos dientes de león y las azules verónicas. Trinan los jilgueros, los verdecillos, los estorninos y los carboneros.

Pero hoy mi paseo no va a ser por el Parque Lineal. Mi paseo iba a aventurarse hasta el Registro de la propiedad Intelectual, al ladito del Congreso de los Diputados, donde mi querida compañera me ha pedido que la acompañe con su último libro escrito. Aprovechando la estupenda red de transportes públicos, cogemos el bus hasta el Museo del Prado, donde ya va formándose una cola para entrar. Por los alrededores hay quien pide para una ONG, para comer (y beber) u ofrece auténticas copias de las pinturas encerradas. Alguna manada de curiosos turistas se cruza con otras de alegres estudiantes por una Plaza de Neptuno inusualmente despoblada de coches y peatones.

Entre controles policiales, algún mendigo con un brick de vino, las terracitas con sus mesas separadas y al sol que tanto gusta a nuestros vecinos del norte, atareados repartidores invadiendo las aceras con sus furgonetas y grupitos haciéndose fotos frente al democrático parlamento de España, alcanzamos el edificio del Registro. Un fornido y subcontratado joven guarda de seguridad sale a nuestro encuentro: “¿tiene cita previa?”. “No, he estado llamando y no me cogen el teléfono”. “Eso no es culpa mía, sin cita previa no se puede atender, aquí tiene la web y el horario”, y nos entrega un papelito. “Pero bueno, ya que estoy aquí pueden dármela”, insiste mi señora, apelando al espíritu humano. “No señora, ya le he dicho que solo se puede hacer por la web, a partir de las 10 de la mañana de los lunes”. “Pero entonces ¿he venido para nada? ” (insiste mi seño). “Ya le he dicho …”. Yo ya estaba bajando las escaleras y observando la bonita arquitectura del edificio.

En la puerta de la calle se nos amontonó un poco de emoción negativa, por la frialdad maquinal del sistema y por la duda existencial de qué hacer con la mañana: pasear por las callejas del Barrio de las Letras y el cogollito típico al que están viniendo los turistas franceses por la apertura de bares, restaurantes y horarios, volvernos a casa y seguir con nuestras rutinillas o visitar el semicerrado Parque del Retiro. Andamos por la calle de Santa Catalina (posible recreación literaria de Hipatia de Alejandría) hasta la esquina con la del Prado. En una esquina un restaurante cerrado y con una pintada a spray en su fachada que dice: “Gobierno psicópata, déjanos respirar”. En la otra esquina la sede de la Iglesia de la Cienciología, con su Dianética (“lo que el alma le hace al cuerpo a través de la mente” o ciencia moderna de la salud mental). Curioso gazpacho intelectual.

Después de una breve “asamblea” ponemos rumbo al Jardín Botánico, donde tenemos que hacer cola para entrar. Una rotunda funcionaria embutida en su uniforma azul nos advierte a voces de que nos arrimemos a la pared y mantengamos “la distancia COVID” para no ser amonestados por la policía, además de informarnos de los descuentos para mayores de 65, discapacitados, grupos numerosos y parados. Pagamos los 4 euros de la entrada normal, más dos por ver la exposición “Sal” (sobre las salinas), francamente sosa, en el Pabellón Villanueva, convertido en una especie de cafetería de lujo atendida por inmigrantes latinoamericanos. Entre la variada vegetación sentí una cierta calma, que se acentuó después de visitar el retrete y mucho más al sentarnos y descalzarnos a la sombra. Los invernaderos cerrados, la zona de huertos también, los bonsáis soleándose en la Terraza de los Laureles, el pasadizo de los olivos, los gigantescos cedros y almeces, los fantasmas de piedra esculpida, los estanques con su arroyo artificial colonizado por nenúfares, ranas y patos, los floridos macizos de tulipanes y narcisos, las fotos de rigor instantáneamente compartidas por wasap. “¿Y si nos quedamos a comer?”, “¿por aquí o por el barrio?”. “Por el barrio”.

Volvemos a la parada del 10 en el paseo del Prado, donde un “hombre gris” que ha salido de la Bolsa de Madrid se quita la corbata y la mascarilla quirúrgica para ponerse una FFP2. En el autobús llevamos todas las ventanas abiertas y las mascarillas tapándonos la boca, aunque a la señora de delante no parece impedirle estar dándole la brasa a su compañera de asiento durante todo el trayecto. Nos bajamos en Arroyo del Olivar y andamos hasta el Parque Amós Acero donde entramos al restaurante “Pancipelao” para comernos dos menús del día. Unas judías verdinas con mero, un entrecot con patatas fritas, un agua mineral y un arroz con leche. Yo un calabacín rebozado, unos salmonetes, una copa de ribera del Duero y una crema de requesón con miel. El paisanaje de los clientes panzones atiborrándose de cachopos y vino, la joven camarera tatuada y su compañero tirillas que no paraban de atender las mesas de dentro y las de fuera al otro lado de la calle, la familia gitana con su habitual algarabía y el dueño alternando con los clientes vips sobre las bondades de la presidenta Ayuso y la necesidad de “salvar la hostelería”; hizo innecesaria la conversación matrimonial.

Satisfechos los deseos de turista en tu ciudad, decidimos quemar calorías andando hasta casa atravesando los nuevos bloques de pisos que las urbanizadoras de los sindicatos han levantado entre Martínez de la Riva y San Diego, junto a la central térmica que nunca llegó a funcionar, y donde todavía resiste una única casa de dos plantas con patio, como testimonio urbano de un pasado cercano. Los zapatos y la ropa que en la fresca mañana parecían adecuados, ahora resultaban sofocantes, llegando a irritarme emocionalmente. De paso, entramos en una multinacional alemana de la distribución alimentaria (LIDL) para comprar cebolla en polvo. Como no tenían y por no desaprovechar la ocasión cargamos con una botella de vino, dos frascos de pepinillos agridulces, dos rulos de queso de cabra, dos paquetes de salchichas, unas chocolatinas mentoladas y una lechuga.

Después de seis horas llegamos al hogar dulce hogar, descargamos las provisiones, me di una ducha templada y me eché una siesta de la que me levanté meditando sobre el sentido de mi existencia, para continuar navegando a bordo de mi Smartphone por los mares de instagram, los páramos de faceboock y las interminables colinas del wasapp. Cuantas veces nos confinamos sin necesidad de que nos confinen.

Ahora sí que me iré al Parque Lineal y luego por los libros a surfear, para airear un poco mi registro intelectual.

2 comentarios:

  1. Ha sido todo un recorrido tan descriptivo, que ha sido como estar ahí en cada uno de los detalles que has ido explicando. Casi he podido sentir el airecito en el bus, que buenas todas las cositas que comprasteis, me alegro al fin el vuestro dulce hogar , donde uno saborea los instantes y recuerdos, de todos los momentos vividos. Que tengáis unas felices Pascuas, gracias por compartir este lugar tan agradable.😊🤗📸

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