lunes, 27 de agosto de 2018

El papamoscas y la nada.




Una vez más salgo a caminar para ventilarme un poco el coco (y demás órganos). La lluvia de los aspersores mantiene el frescor en pleno verano. Dos mujeres chinas recolectan verdolaga en las colinas (otros días recogen diente de león, llantén o cenizo). 



El comportamiento de las minimanadas perrunas, es psicoanalizado por sus dueños. Los jardineros se afanan en su tarea, salvo uno que parece que siempre está en la hora del bocadillo. 
El canto metálico de un papamoscas cerrojillo, me hace reflexionar sobre ¿qué hace un pájaro de bosque en un sitio como este?; pero al pasar junto a la alambrada que separa el parque de la autovía, lo entiendo.



Vivimos en la última fantasía/utopía que ha tenido la humanidad, el llamado “estado del bienestar”. Durante los siglos anteriores el ser humano soñó con tener cuevas o cabañas climatizadas, agua limpia en cada hogar, abundancia de energía disponible, alimentos, sanidad y educación para todas las personas. Todo esto y mucho más se ha ido logrando en el mundo superdesarrollado en el que habitamos. No sin esfuerzos y sacrificios.



Mujeres y hombres pasean con sus perritos, smartphones y demás complementos propios del siglo XXI, por esta fantasía verde que es este jardín llamado Parque Lineal de Palomeras.



Pero en los límites de esta fantasía, ya se ve cómo avanza “la nada” (de la que hablaba Michael Ende en su “Historia Interminable”), esa tierra yerma, sin árboles, en la que pocos seres vivos pueden subsistir. Es preciso que una nueva fantasía/utopía vuelva habitar entre las mentes de los urbanitas sumidos en entretenimientos vanos (como cazar pokemon) y en artificiales ilusiones basadas en el consumo y el tener (más y más).



Es necesario que escuchemos a nuestro niño interior (ese ser cargado de ilusiones y alegría por la vida), para recrear una fantástica y nueva utopía social (más allá del politiqueo de salón y televisión, más allá de los límites partidistas), que permita a esta y futuras generaciones, vivir sin los monstruos de la guerra/negocio, de la codicia/miseria, de la soledad/egoantropocéntrica, de la acumulación como forma de ser.



Nuestros portentosos cerebros deberían estar ocupados en buscar soluciones a la que se nos avecina, desde el conocimiento profundo de nosotros mismos y de las otras formas de vida que nos acompañan en nuestra existencia biológica.

Es imprescindible que un horizonte de esperanza y amor incondicional, riegue el inconsciente colectivo (del que hablaba Carl Gustav Jung) y puedan brotar nuevos paradigmas. Lo malo es que no sé donde se esconde ese inconsciente, ni qué tipo de riego necesita, ni siquiera donde está la manguera. Se lo pregunto al papamoscas, que se me queda mirando, pero es evidente que de pequeño no fue a un colegio bilingüe, y decide seguir su vuelo persiguiendo moscas, y yo el mío, espantándolas.

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