jueves, 6 de junio de 2013

Paz y amor, en la tierra como en el cielo.




 En el cielo celeste hacen sus acrobacias los hijos del aire. Puede volar más de 200 km/h, y pueden dormir planeando a gran altura, aunque suelen hacerlo en su nido-agujero. Desde el norte de Europa hasta el África ecuatorial, atraviesan la península Ibérica millones  de estos seres alados. Son los vencejos comunes (Apus apus). 

Viven la vida en paz consigo mismos, cuidando de sus crías, formando pareja para cuidarlas y agradeciendo los parabienes que le ofrece la Madre Tierra, aunque tengan que cazar entre los altos edificios de la ciudad.



Antes del amanecer otro oscuro pájaro llenaba la madrugada urbana con sus expectaculares trinos. Suele hacerlo también al atardecer. Más rechoncho y sedentario que el vencejo, se pasa buena parte del día revolviendo entre la hojarasca del suelo en busca de insectos, que amorosamente lleva a sus pollos. Posado sobre las altas ramas se le ve cantar apaciblemente, con su pico amarillo y su negro plumaje. Es el mirlo común (Turdus merula), que ya ha sacado adelante su primera pollada.



Ahora escucho el incansable piar de los abundantes gorriones comunes (passer domésticus), los chillidos de los vencejos en vuelo y el triste canto de una perdiz roja (Alectoris rufa) encerrada en una jaula como ornamento de algún nicho humano. Hay amores que matan y pacíficas acciones que hieren.

Cuando aprenderá el homo sapiens a amar en paz.

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